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LUN, 19 OCT 2026
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Antes de la tos y la fiebre: las pistas silenciosas que anuncia la neumonía y que suelen pasar desapercibidas

El cansancio extremo, la respiración agitada y las náuseas pueden ser las primeras señales de una infección pulmonar que no siempre se presenta como se cree. Especialistas en salud advierten sobre los signos tempranos que merecen atención, sobre todo en mayores de 65 años y personas con enfermedades crónicas.

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Belén SosaAmbiente y comunidades · · lectura 5 min
Antes de la tos y la fiebre: las pistas silenciosas que anuncia la neumonía y que suelen pasar desapercibidas

Es lunes a la mañana y Marta, de 58 años, sale a hacer las compras como cada semana, pero algo cambió sin que pueda explicarlo: siente las piernas pesadas, le cuesta subir las escaleras del edificio y nota que le falta el aire antes de tiempo. No tiene tos. Tampoco fiebre. Piensa que es el cansancio acumulado, el estrés o, como le dijo una amiga, "la edad". Lo que todavía no sabe es que esos tres indicios —fatiga profunda, respiración acelerada y una molestia digestiva que la inquieta— pueden ser, según la evidencia clínica más reciente, las primeras señales de una neumonía en pleno desarrollo, una infección que en los manuales de difusión masiva aparece asociada a la tos con flema y al termómetro marcando 39 grados, pero que en la práctica cotidiana no siempre se presenta así.

En términos estrictamente médicos, la neumonía consiste en la inflamación de los alvéolos pulmonares, las diminutas bolsas donde la sangre intercambia oxígeno por dióxido de carbono. Cuando un agente infeccioso —una bacteria, un virus o un hongo— las coloniza, esos sacos se llenan de líquido o de pus y el paso del oxígeno al organismo se vuelve más lento y trabajoso. Lo que vuelve a esta enfermedad engañosa es que ese proceso no siempre arranca con los síntomas que la mayoría de las personas tienen aprendidos.

Los grupos donde la neumonía pega más fuerte

Antes de avanzar con las señales, conviene reparar en quiénes están más expuestos a que la infección se vuelva seria. La lista es larga y está bien mapeada por la infectología: bebés y niños pequeños, adultos mayores de 65 años, personas que fuman, quienes viven con enfermedades cardíacas o pulmonares crónicas, con diabetes, asma o cáncer, y también aquellos que reciben tratamientos que deprimen las defensas, como quimioterapia o corticoides prolongados. En esos grupos, el cuadro puede escalar en horas hacia la acumulación de líquido alrededor del pulmón, el ingreso de bacterias al torrente sanguíneo, abscesos pulmonares e insuficiencia respiratoria que requiera internación en una unidad de cuidados intensivos.

Lo que aparece primero y casi no se reconoce

  • Fatiga intensa y cansancio profundo, que se instala sin causa aparente y no mejora con el descanso.
  • Respiración acelerada, con esa sensación de no llenar bien los pulmones aunque el esfuerzo sea leve.
  • Náuseas y falta de apetito, que en los primeros días pueden atribuirse a un disgusto estomacal.
  • Latidos rápidos o percepción de que el corazón "se acelera" sin motivo claro.
  • Malestar general, con esa sensación de estar enfermo sin poder poner el dedo en el síntoma preciso.

El neumonólogo Gerald Weinhouse, de la División de Medicina Pulmonar y Cuidados Críticos de Mass General Brigham, uno de los centros de referencia de los Estados Unidos en medicina respiratoria, lo describe sin rodeos en una charla reproducida por publicaciones especializadas: "La fatiga y el cansancio pueden aparecer primero y ser profundos". El especialista agregó que, aunque la tos es prácticamente una constante en los cuadros de neumonía, "algunas personas no tienen mucha fiebre", un dato que suele confundir tanto a pacientes como a profesionales en la guardia.

Por qué la fiebre puede estar ausente justo cuando el cuadro es más grave

Parece contradictorio, pero en los adultos mayores y en las personas con defensas comprometidas, la temperatura corporal puede incluso ubicarse por debajo de lo normal. Es decir, no presentarse fiebre alta no solo no descarta la neumonía, sino que en ciertos perfiles puede ser un marcador de que la infección está corriendo con más virulencia. En estos pacientes, otros signos ocupan el centro del escenario y se vuelven más elocuentes: presión arterial que baja sin explicación, diarrea, confusión que aparece de un día para el otro, somnolencia fuera de lo habitual y desorientación en el tiempo o en el espacio. La regla que repiten los infectólogos es que cualquiera de estos cambios en el estado mental, sobre todo en mayores de 65 años, merece una consulta médica sin demoras.

Cuándo dejar de esperar y llamar al médico

  • Tos que se sostiene varios días y que, lejos de mejorar, va empeorando.
  • Dolor en el pecho al respirar o al toser, especialmente si es agudo y bien localizado.
  • Síntomas que reaparecen después de una mejoría inicial, lo que sugiere una sobreinfección.
  • Fiebre persistente de 39 °C o más, que no cede con los cuidados habituales.
  • Dificultad para respirar en reposo, labios o uñas con tono azulado, confusión o desmayo, considerados signos de urgencia.

Los agentes que más aparecen detrás de esta infección son, del lado bacteriano, el Streptococcus pneumoniae —el neumococo, clásico de los esquemas de vacunación en adultos mayores— y el Mycoplasma pneumoniae, conocido por generar cuadros más larvados. Del lado viral, los mismos virus que producen la gripe estacional o el covid-19 pueden derivar en una neumonía, una de las razones por las que la pandemia dejó al descubierto la enorme variedad de formas clínicas con las que esta enfermedad puede presentarse. La evolución depende entonces del microorganismo involucrado, de la edad y del estado de salud previo de cada persona.

Ahora bien, ¿qué hacer cuando una infección respiratoria que parecía un resfrío común empieza a comportarse de un modo extraño, sin tos todavía, sin fiebre todavía, pero con un cuerpo que claramente no responde como debería? La respuesta que repiten los especialistas consultados por distintos medios internacionales es bastante menos espectacular de lo que se espera: consultar temprano, aunque los síntomas parezcan menores, sobre todo en mayores de 65 años y en quienes ya cargan con una enfermedad crónica. Esperar a que aparezca la "tos típica" o a que el termómetro marque un número redondo puede ser, en esos casos, la diferencia entre un cuadro ambulatorio y una internación. Y entonces vuelve la pregunta incómoda que muchos pacientes prefieren no hacerse: ¿cuántas veces, en el último invierno, una fatiga que se adjudicó al trabajo o a la edad fue en realidad la primera señal de algo que terminó en la cama de un hospital?

BS
Belén SosaAmbiente y comunidades

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