Cafeína sí o no: lo que les pasa a los adolescentes que se duermen tarde con un energizante en la mano
Especialistas de Yale advirtieron que el consumo de cafeína en adolescentes puede empeorar el cansancio y el insomnio. Recomendaron revisar no sólo las tazas de café sino también chicles, sobres saborizados y videojuegos.
Acá en el sur, son las once de la noche y el ruido de los celulares cruzando la mesa familiar todavía se mezcla con el zumbido de una compu encendida. Muchas veces, en esa misma mesa, alguien deja una lata fría al lado del teclado mientras le clava el ojo a la pantalla. La escena, que parece de cualquier semana, es la que un equipo de la Universidad de Yale puso bajo la lupa para advertir que la cafeína, lejos de resolver el cansancio, puede profundizarlo. Yo me quedé pensando en cuántos pibes y pibas de entre doce y diecisiete años toman algo con cafeína sin que en casa sepamos exactamente qué es lo que están tomando.
Cuando el cuerpo avisa que algo le sobra
La neumonóloga y especialista en sueño Sabhyata Agrawal, de Yale, sostuvo que un exceso de cafeína puede provocar palpitaciones, molestias digestivas, inquietud, ansiedad y una caída del rendimiento escolar. Si a esos indicadores se le suman temblores y dificultad para dormir, la señal está bastante clara: hay que sentarse a conversar. Marta, vecina del barrio Belgrano, me decía el otro día mientras tomaba mate en la vereda que a su hijo más chico lo notaba acelerado y le costaba aterrizar a la noche; no era el chico más inquieto de la clase, era la lata que tomaba cuando volvía del colegio.
La cafeína no llega solo en la taza de café
Porque identificar cuánto ingiere un adolescente no se reduce a contar las tazas. La cafeína también aparece en bebidas energéticas, gaseosas, chocolate, chicles y sobres saborizados, y estos últimos pueden aportar entre 50 y 200 miligramos por unidad. Grace Kong, profesora asociada de Psiquiatría de Yale, explicó que los sabores dulces y frutales disimulan el amargor y predisponen a los jóvenes a probarlos como si fueran una golosina más. Eso quiere decir que, en la misma semana, sin haber tocado un café, un pibe puede estar acumulando varias ingestas sin que nadie lo advierta.
El horario en el que se toma cambia la ecuación
Según Agrawal, la cafeína empieza a actuar entre 30 y 45 minutos después de ingerida, y entre cinco y seis horas más tarde todavía queda en el organismo aproximadamente la mitad de la cantidad que se tomó. Por eso insistió en evitarla después de las 13 o las 14, según el horario habitual de descanso. A ese cuadro se suma otro fenómeno propio de la adolescencia: el reloj biológico se corre hacia horarios más tardíos y se vuelve más difícil levantarse temprano. El cansancio, así, empuja a buscar un estimulante, el estimulante retrasa el sueño y al día siguiente llega el agotamiento. Un círculo que se retroalimenta.
Qué recomiendan los especialistas para los menores
Jennifer Jiyun Park, investigadora del Departamento de Psiquiatría de Yale, recomendó evitar la cafeína antes de los 18 años y sacar de la alimentación de niños y adolescentes a las bebidas energéticas. Agrawal, por su parte, aclaró que los jóvenes pueden experimentar molestias con cantidades menores que las que tolera un adulto, lo que vuelve todavía más importante revisar las cantidades consumidas y conversar sobre los productos que forman parte de la rutina diaria.
Videojuegos, pantallas y consumo nocturno
La investigadora Park explicó además que el consumo durante las largas sesiones de videojuegos puede responder tanto al deseo de mantenerse despierto como a una costumbre compartida con otros jugadores, algo que convierte a la cafeína en un hábito social más que en una decisión individual. Ahora bien, lo que se enciende con la pantalla no se apaga solo cuando se apaga la pantalla: la luz de los dispositivos reduce la producción de melatonina y se interpone en el inicio del sueño, justo cuando el organismo todavía tiene circulando la mitad de la cafeína que se tomó horas antes. La combinación, coinciden las especialistas, suele terminar en una noche corta, un despertar pesado y al día siguiente nuevamente el mismo atajo: otra lata, otro sobre, otra dosis.
Para los padres y las madres que estén leyendo esto, la invitación que nos dejan estas especialistas es bastante concreta: revisar las etiquetas, prestar atención a los horarios de descanso, hablar sin dramatizar y, sobre todo, no dar por sentado que las recomendaciones que funcionan para un adulto sirven también para un adolescente. Si la señal es temblores, insomnio o nerviosismo, no hace falta esperar al próximo chequeo: el cuerpo ya está avisando. Nosotros, mientras tanto, en casa, podemos empezar por dejar el mate cocido a la vista y correr del medio de la mesa las latas de cara de susto.
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