Caminatas, fuerza y descanso: la fórmula que une al ejercicio con la vida sexual
Una fisioterapeuta especializada en suelo pélvico repasa qué movimientos suman, cuáles hay que hacer con cuidado y por qué pasarse entrenando puede jugar en contra del deseo. Una guía para pensar al cuerpo como un todo, acá en el sur.
El reloj marca las siete de la tarde en un barrio cualquiera de la zona sur de Buenos Aires. La rutina todavía no terminó, la cabeza está llena de pendientes y, sin embargo, hay una decisión pendiente que aparece casi todos los días: salir a caminar o quedarse en el sillón. Esa pulseada, que parece menor, esconde más de lo que uno imagina. Porque la actividad física no solo moldea piernas, brazos y pulmones: también deja huellas en la energía, en el sueño y, claro, en la vida sexual. Mover el cuerpo puede favorecer el deseo, pero moverlo de más, sin descanso ni comida adecuada, puede terminar jugándole en contra. Así lo plantea la fisioterapeuta Erika Lydon, especializada en suelo pélvico, en una charla que invita a mirar el entrenamiento desde un lugar más integral, con cuerpo y cabeza conectados.
Empezar con lo posible, no con lo heroico
Si la idea de calzarse unas zapatillas y salir a correr suena a ciencia ficción, Lydon propone arrancar con algo muchísimo más modesto: caminatas de quince minutos, algo que pueda sostenerse en el tiempo sin que el cuerpo lo padezca. La clave, dice, no es entrenar como un atleta sino elegir un movimiento que resulte placentero y realista, porque la constancia vale más que la intensidad. A esa base se le puede sumar, de a poco, un esfuerzo mayor hasta acercarse a una referencia general que ella menciona para la mayoría de las personas adultas: alrededor de 150 minutos de ejercicio aeróbico moderado por semana, o 75 minutos de actividad intensa, más dos jornadas de trabajo de fuerza.
Esa pauta no es una receta médica ni un atajo milagroso. Está pensada para la salud general y no funciona como tratamiento para el bajo deseo ni garantiza cambios en la libido. La salud y el estado emocional de cada uno también intervienen, y por eso conviene tomarla como una brújula flexible y no como una obligación rígida.
Cuando algo duele, mejor consultar
Antes de lanzarse a sumar ejercicios específicos para la zona pélvica, Lydon sugiere prestar atención a las señales. Si hay dolor o cualquier preocupación vinculada al desempeño sexual, lo razonable es concurrir a un profesional de salud o a un fisioterapeuta especializado en suelo pélvico. Esa musculatura sostiene estructuras internas de la pelvis y participa activamente en la función sexual, pero eso no quiere decir que siempre necesite fortalecerse. A veces, justamente, lo que pide es aflojarse.
Un ejemplo clásico son los ejercicios de Kegel. Pueden resultar útiles para algunas personas y, al mismo tiempo, aumentar la tensión en otras. Cuando los músculos permanecen contraídos todo el tiempo o les cuesta relajarse, las relaciones pueden volverse dolorosas. Por eso la especialista insiste con una idea que en nuestro país todavía cuesta pronunciar: cada cuerpo es un mundo y los ejercicios de suelo pélvico requieren atención individual. No se trata de hacer más por hacer, sino de hacer lo que a cada uno le corresponde.
Por qué moverse puede ayudar (y por qué pasarse, no)
- La circulación: el trabajo aeróbico cuida al corazón y a los vasos sanguíneos, y mejora la llegada de sangre a los órganos sexuales. Ese flujo participa en la erección y puede colaborar con la excitación y la función sexual femenina.
- El descanso y el estrés: la tensión acumulada puede aplastar el interés sexual, y el ejercicio suele ayudar a mejorar el ánimo y a soltar un poco el cuerpo.
- El entrenamiento de fuerza: según la fisioterapeuta, puede vincularse con procesos que tocan la energía, el manejo del estrés y el equilibrio hormonal.
Ahora bien, la advertencia también sale de la boca de la propia Lydon: entrenar demasiado, sin alimentarse bien y sin recuperación suficiente, puede terminar afectando al deseo. Un cuerpo al límite no siempre avisa con un dolor muscular: a veces lo hace apagando la libido o quitando ganas de cualquier cosa. En eso, el movimiento se parece mucho a la vida: necesita ritmo, pausas y combustible.
Los tiempos: algunos efectos llegan antes que otros
A los vecinos del barrio que esta semana se calzaron las zapatillas por primera vez les va a tocar armarse de paciencia. Mejorar el sueño o sentirse un poco menos estresado puede aparecer antes que un cambio notorio en la vida sexual. Los procesos fisiológicos necesitan tiempo, constancia y, sobre todo, un cuerpo que no esté exigido al máximo. La especialista lo resume con una idea que en la redacción repetimos hasta el cansancio: lo que se sostiene en el tiempo supera siempre a lo que se impone de golpe.
Lo que queda flotando, después de escucharla, es una invitación honesta. Empezar por algo chico, sostenerlo, sumar fuerza y descanso en cantidades razonables, consultar cuando algo duele y entender que cada cuerpo pide lo suyo. Mientras caminamos por la rambla o por la calle de tierra del barrio, la recompensa puede tardar, pero llega. Y la persona que hoy se mueve apenas veinte minutos por día, tal vez termine encontrando, sin proponérselo, un alivio que también pasa por la intimidad. Eso es lo que ella espera, al menos, que ocurra.
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