Cápsulas contra el reloj: qué hay detrás del boom de suplementos que dicen agregar años
Productos con precursores de NAD+, selenio, vitamina D y omega-3 prometen longevidad, pero los ensayos clínicos en grande desmienten la mayoría de las promesas. Lo que sí funciona, según la evidencia, no viene en frascos.
Acá en el sur, cuando uno entra a cualquier dietética o se cruza con un aviso en la página de Instagram, parece que la fórmula para vivir más estuviera en una cajita con cápsulas. Yo misma, mientras escribo esta nota, miro de reojo el frasco que me regaló una vecina del barrio de Constitución, María, que jura que desde que toma NMN duerme mejor y le subió la energía. Le creo que lo siente, claro que le creo, pero desde que me puse a investigar qué dice la ciencia sobre estos productos, vengo pensando que sentir algo y comprobar algo son dos cosas muy distintas, y que en el medio hay un negocio enorme que juega con esa confusión.
El NAD+ y sus precursores, la gran promesa
Vamos por partes, porque esto arranca en una sigla que suena a trabalenguas: NAD+. Se trata de una coenzima que está en todas las células del cuerpo y que es clave para producir energía y reparar el ADN. Con el paso de los años, sus niveles van bajando, y cuando los investigadores subieron esos niveles en células en placa de Petri y en ratones de laboratorio, vieron mejoras en algunos parámetros metabólicos. A partir de ahí, alguien dijo la frase mágica: si pasa en un ratón, capaz que pasa en una persona, y así nació un mercado mundial de suplementos con NMN y con nicotinamida ribósido, que se venden como si fueran una inversión a plazo fijo en más años de vida. Nosotros, los consumidores, compramos la promesa porque la promesa es tentadora, y porque a quién no le gustaría firmar un cheque extra de salud.
El problema, y acá viene el primer cachetazo de la evidencia, es que lo que pasa en una célula en un laboratorio no es lo mismo que lo que pasa en un cuerpo humano real caminando por la calle. Los ensayos clínicos que se hicieron hasta ahora confirman que esos precursores efectivamente elevan los niveles de NAD+ en un análisis de sangre. Hasta ahí, todo bien. Lo que todavía nadie pudo demostrar con rigor es que ese aumento se traduzca en menos enfermedades, en un corazón que funcione mejor o en una vida más larga. Que suba un número en el laboratorio no equivale a sumar primaveras al calendario, y esa diferencia es la que el marketing elije borrar con letrasitas chiquitas al pie del aviso.
Vitaminas y minerales: la decepción de los ensayos grandes
Y si de promesas incumplidas se habla, la lista sigue con nombres que muchos tenemos en la alacena. El estudio SELECT, que siguió a más de 35.000 personas durante años, llegó para bajarle el pulgar al selenio como supuesta protección contra el cáncer de próstata: los varones que lo recibieron no tuvieron menos tumores que los que recibieron placebo. Peor todavía, los que además recibieron vitamina E terminaron con un riesgo más alto de desarrollar la enfermedad durante el seguimiento. Lo que se iba a vender como escudo terminó mostrándose, en algunos casos, como un riesgo nuevo.
Casi en paralelo, el ensayo VITAL reunió a cerca de 25.000 adultos para probar si la vitamina D y el omega-3 cumplían lo que sus envases prometen. La conclusión fue tan fría como el aire de un invierno patagónico: en personas que no tenían déficit previos, ni la vitamina ni el omega-3 lograron reducir la aparición de cáncer ni de eventos cardiovasculares como infartos o ACV. Eso no quiere decir que haya que tirar la botella al mar por las dudas, sino que tomarlos como si fueran amuletos, sin una indicación clínica, no hace el efecto que nos habían contado.
Ahora, ojo, que la ciencia diga que no sirven para todos no significa que no sirvan para nadie. Cuando un adulto mayor tiene una carencia real de vitamina B12, por ejemplo, o cuando una persona mayor de 65 años cursa un déficit de vitamina D, suplementar corrige un problema concreto y mejora la calidad de vida de manera medible. La diferencia, y esto me parece clave para no caer en el péndulo, está en hacerse los análisis primero y decidir después, con un médico de cabecera que mire la historia clínica, no en tragar cápsulas a ciegas porque lo vimos en una story o nos lo recomendó la del grupo de WhatsApp.
Qué sí tiene evidencia sólida, aunque no viene en frasco
Mientras la industria empuja frascos cada vez más caros, la medicina viene diciendo hace rato que lo que de verdad alarga la vida es bastante menos glamoroso y bastante más conocido. La actividad física regular, que combine caminata, bicicleta o natación con ejercicios de fuerza para mantener la masa muscular, tiene un cuerpo de evidencia que ningún suplemento puede igualar. La alimentación, con proteínas suficientes y variedad de colores en el plato, suma en la misma dirección. El sueño reparador, dejar el cigarrillo cuando toca y sostener vínculos sociales, esos lazos humanos que nos bancan en las malas, completan un combo que suena a consejo de la abuela, pero que sigue siendo lo único respaldado por ensayos clínicos grandes y consistentes a lo largo de décadas. Esperemos que, como sociedad, empecemos a invertir tanto en esas prácticas como invertimos en el frasco de la mesada de luz.
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