Central y una copa que llegó con más ruido que fútbol
El Canalla se llevó la Supercopa Internacional en Santiago del Estero con un 3-1 sobre Estudiantes, en una final que se decidió mucho más en el VAR y en el túnel que en la cancha.
Uno mira la planilla y ve 3-1 a favor de Rosario Central. Uno mira el partido y ve otra cosa: una final que se jugó tanto en el verde como en el pasillo que va a los vestuarios, con un árbitro como blanco de todos los males y con Juan Sebastián Verón haciendo de abogado general de un Estudiantes que se fue masticando bronca desde Santiago del Estero.
El penal que desató todo
La noche en el estadio Madre de Ciudades arrancó con calor de verano en pleno noviembre, de esos que te hacen pensar que el partido se define antes del pitazo. Y en parte fue así. Darío Herrera cobró penal por un contacto de González Pirez sobre Enzo Copetti, una jugada que para mí fue más amague de infarto que infracción clara. Como en esta liga nunca se sabe, el VAR metió la cuchara y el juez confirmó. Ángel Di María, Fideo para los amigos, cambió el penal por gol y a partir de ahí Estudiantes dejó de jugar al fútbol y empezó a jugar al reclamo.
- El penal sancionado por Herrera tras aviso del VAR, que terminó en gol de Di María.
- Una infracción de Elías Verón contra Adolfo Gaich que Estudiantes pidió como segunda amarilla y nunca llegó.
- Una mano de Ignacio Ovando dentro del área que el árbitro dejó pasar como si nada.
Dirigentes, túnel y aplausos con doble filo
La cosa se desmadró en el cierre. Después del silbatazo final, integrantes de ambos planteles se cruzaron en la cancha y la pelea se mudó al túnel, esa geografía oscura donde las cámaras no siempre llegan pero las manos y los empujones sí. Verón, desde la platea, reaccionó al fallo del penal con una sonrisa y unos aplausos que eran más ironía que festejo. Después bajó, le fue a hablar a Herrera y tuvieron que sacarlo de arriba como a un nene que no quiere dejar la calesita.
Y faltaba el show de la premiación. Verón casi no lleva a sus jugadores a buscar las medallas, ofendido como estaba. Los convenció, fueron, y cuando Claudio Tapia les entregó las distinciones a los árbitros, los futbolistas de Estudiantes aplaudieron con esa ironía que se usa cuando el premio ajeno te deja sabor a pocas pulgas. Más tarde, el presidente del Pincha mandó un mensaje felicitando a Central por la copa, que es el clásico saludo del que pierde pero no termina de tragar el sapo.
Central se lleva el trofeo a Rosario, con un Fideo decisivo y un equipo que supo aguantar el vendaval de quejas. Estudiantes se vuelve a La Plata con el librito de los reclamos bajo el brazo y la sensación de que esta final se perdió más en Ezeiza que en Santiago del Estero. Yo, por las dudas, me reservo el derecho de errar el pronóstico: el que crea que esta historia termina acá, no conoce el fútbol argentino.
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