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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuidar sin red: casi la mitad de los cuidadores principales soporta una sobrecarga intensa y el trabajo remunerado queda en el filo

Una encuesta de la Universidad Austral sobre 120 cuidadores principales muestra que el 40,8% atraviesa un nivel de sobrecarga que el propio estudio define como merecedor de intervención, que las mujeres cargan con la mayor parte del desgaste y que el acceso a licencias se derrumba fuera del empleo formal.

BS
Belén SosaAmbiente y comunidades · · lectura 4 min
Cuidar sin red: casi la mitad de los cuidadores principales soporta una sobrecarga intensa y el trabajo remunerado queda en el filo

En las respuestas que dejó la encuesta de la Universidad Austral aparece un living de clase media acomodado a las apuradas, con la televisión bajita, un control remoto que nadie busca y la agenda del día siguiente todavía sin escribir. Hay un sillón donde se duerme de a ratos, una cocina donde se recalienta lo que se pueda, y una persona que pregunta tres veces lo mismo a las nueve de la noche. La escena no es una foto fija: es la rutina de miles de hogares argentinos donde alguien sostiene, casi en silencio, el cuidado principal de un familiar. Ese sostén, según el relevamiento, se está quebrando.

La investigación se hizo por internet entre octubre de 2025 y abril de 2026 y reunió a 1.028 personas mayores de 18 años residentes en la Argentina. Una de cada cinco, el 20,4%, manifestó que cuidaba a un familiar. Dentro de ese universo, el 60,6% de las mujeres asumió el rol de cuidadora principal, una proporción que entre los varones descendió al 44,4%.

El termómetro de Zarit: qué dice cuando el cuidado pesa de verdad

Para dimensionar el desgaste, el equipo de la Universidad Austral evaluó a 120 cuidadores principales con la escala de Zarit, un cuestionario de 22 ítems que se usa en el mundo entero para medir la carga subjetiva del cuidado. Seis de cada diez presentaban algún grado de sobrecarga y el 40,8% alcanzó el nivel intenso, un umbral que el propio informe consideró como merecedor de intervención profesional. No es un número menor: cuatro de cada diez cuidadores principales están en un punto que la herramienta define como crítico.

El relevamiento preguntó además por las consecuencias concretas en la vida cotidiana. Entre las mujeres cuidadoras, el 54% señaló que esa responsabilidad le impedía descansar lo suficiente y el 44% dijo que limitaba sus proyectos personales. Entre los varones, esas proporciones cayeron al 30% y al 10%, respectivamente. La diferencia no es un detalle: la sobrecarga no se reparte de manera pareja y el género aparece como un factor que amplifica el costo.

Apoyo, trabajo y licencias: el mapa de las herramientas que no alcanzan

Uno de los hallazgos más llamativos tiene que ver con el apoyo recibido. La proporción de sobrecarga intensa fue del 40% tanto entre quienes declararon recibir ayuda como entre quienes dijeron no tenerla. Para el equipo que llevó adelante el estudio, la explicación no es que el acompañamiento sobrante sea inútil, sino que lo que se mide no termina de proteger: importa la calidad del apoyo, escribieron, y no solamente su existencia. La investigación desglosó esa calidad en tres dimensiones: la afectiva, la que aporta información y la que resuelve tareas concretas del día a día.

El trabajo remunerado, además, sigue siendo parte de la rutina del 75% de quienes cuidan. El problema aparece cuando se observa desde qué lugar se lo hace. El acceso promedio a las licencias y prestaciones relevadas, que incluyeron maternidad, paternidad, enfermedad de un familiar, eventos familiares y guardería, fue del 53,7% entre los trabajadores formales, del 17,1% entre los informales y del 9,1% entre los independientes. En otras palabras, a igual tarea de cuidado, la red de licencias disponible se reduce a medida que el vínculo laboral se vuelve más precario.

La encuesta también dejó registro de lo que no se ve en los manuales: el 95,7% de los cuidadores reconoció al menos un aspecto gratificante de su tarea, y mencionó el afecto recíproco, los momentos compartidos con la persona cuidada y los cambios que esa persona logró a lo largo del tiempo. Esa valoración, advirtió el informe, convive con las dificultades cotidianas de descanso y de organización, y no las compensa: las dos cosas, lo que da el cuidado y lo que quita, están medidas en el mismo formulario y pesan en el mismo termómetro.

Lo que dejan en limpio estos números es un mapa con demasiadas zonas grises. Hay una herramienta clínica, la escala de Zarit, que dice que cuatro de cada diez cuidadores principales están en un nivel que pide intervención y, sin embargo, las políticas de licencias y el reparto dentro de los hogares siguen dejando a las mujeres con la carga más alta. La pregunta que queda abierta es si la sociedad argentina está dispuesta a discutir el cuidado como lo que los datos muestran que es: un trabajo no remunerado, con sobrecarga intensa en buena parte de quienes lo ejercen y con una red de apoyo formal que se vuelve más fina justo donde más falta hace.

BS
Belén SosaAmbiente y comunidades

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