Después del ruido: cómo Luli Fernández rearmó su día entre el gym, las terapias y un mate con los perros
A los 38, la modelo y conductora cuenta cómo reorganizó su rutina tras separarse, qué prácticas la sostienen y por qué aprendió a elegir las tardes vacías.
Son las seis de la mañana y en el departamento de Recoleta todavía hay silencio. Luli Fernández ya está despierta, moviéndose por la cocina mientras prepara el desayuno de Indalecio, su hijo de siete años, antes de que llegue la mujer que la ayuda en la casa. Arriba el lunch, revisan el cuaderno, comparten unas tostadas y a las siete y algo ya están subiendo al auto, con la playlist puesta y la charla que se abre camino entre lo escolar y lo que cada uno cuenta del día anterior. El colegio queda en Vicente López y el trayecto, aunque corto, se vuelve un ritual: música, preguntas, alguna risa, y la ciudad todavía con poca gente en la calle.
“Acá en el sur”, como le gusta decir a Marta, la portera del edificio, “la vemos salir siempre apurada pero con una sonrisa que antes no tenía”. Lo que cambió, según cuenta la propia Luli, no es la cantidad de horas sino la decisión de no llenar los espacios vacíos. “Hoy me doy cuenta de que necesito mucho menos para ser feliz”, dice ella, en una de esas frases que resumen todo un proceso.
El cuerpo como infraestructura
Después del colegio empieza lo que ella describe como su segunda jornada. Tres veces por semana entrena con un profesor de musculación, lleva un plan alimentario con seguimiento nutricional y le suma un manto de prácticas que funcionan como mantenimiento de la cabeza y del cuerpo a la vez: terapia tradicional, terapia neural, constelaciones, biodecodificación y registros akáshicos. A ese listado se le suman las consultas habituales con una astróloga y una numeróloga para decisiones personales y laborales. “No es que crea en todo, es que cada cosa me sirve para un momento distinto”, aclara ella cuando le preguntan por la mezcla.
Lo que cambió no fue la cantidad de horas, sino la decisión de no llenar los espacios vacíos. Cuando tiene la tarde libre mientras su hijo está con el padre, la opción que elige es quedarse en casa mirando una serie, tomando mate y con sus tres perros.
Trabajo, crianza y las tardes que eligió vacías
- Conduce un ciclo de entrevistas para una plataforma digital que arrancó con perfiles de mujeres y este año incorporó una edición dedicada a varones, por el que quedó nominada a los Martín Fierro.
- Después del entrenamiento, arma la jornada de producción: llamado con el equipo, selección de invitados, guión fino con la producción.
- Miércoles y sábados, cuando Indalecio está con el padre, sale con amigas a cenar o a caminar por Palermo.
- Las tardes libres las reserva como un derecho propio: serie, mate y los tres perros, sin agenda y sin culpa.
- Vivir sola con su hijo reforzó el vínculo con él, según describe, y modificó la forma de organizar la crianza.
Lo que ella espera que pase
“Durante años el trabajo funcionó como refugio”, reconoce. Hoy, dice, la decisión es otra: sostener el ritmo profesional sin que se coma el tiempo personal, y entender que las tardes quietas no son un lujo sino parte del equilibrio. Cuando le preguntan cómo imagina la próxima etapa, Luli responde que lo que espera es que este orden se sostenga, que Indalecio pueda seguir desayunando con ella y que las tardes en el sillón, con mate y los perros, sigan valiendo tanto como una campaña o una entrevista. Nosotros, desde este lado, queremos creerle.
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