Digger: cuando el galpón del mundo se vuelve escenario y el público sale con barbijo puesto
La nueva película de Alejandro González Iñárritu cruza a Tom Cruise y Jesse Plemons en una sátira donde la vida de un magnate se cuenta sobre las tablas mientras afuera hace falta una mascarilla para cruzar la calle. Una propuesta que se lee como un golpe de teatro y, también, como una advertencia.
Yo siempre me quedo pensando en eso que decía mi abuela cuando terminábamos la sobremesa: que la vida es una obra y que a veces el público se confunde con los actores. Digger, la película que vuelve a juntar a Alejandro González Iñárritu con Tom Cruise después de años de rumores y de un casting que dio varias vueltas, parece pensada exactamente con esa frase en la cabeza. La historia arranca en un presente raro, con la gente usando mascarillas para salir a la calle porque el aire ya no se puede respirar así como así, y de a poco vamos entendiendo que lo que vemos en pantalla no es del todo lo que parece. Hay un magnate, hay un imperio, hay un sobrino que sostiene los negocios y, en el medio, una obra de teatro que se lleva puesta toda la estructura.
El teatro dentro del cine, un viejo truco que acá se vuelve motor
Lo que tiene de interesante el planteo de Iñárritu es que no usa el recurso del teatro dentro del cine como un capricho estilístico, sino como la columna vertebral de la película. La trama arranca siguiendo la vida de ese magnate, un personaje enorme y contradictorio, y durante un buen rato uno cree que está viendo un biopic clásico de esos que cuentan el ascenso y la caída de un tipo poderoso. Hasta que, poco después del primer acto, se cae la venda: Tom Cruise no encarna al magnate, encarna al actor que lo interpreta en una obra. La diferencia es enorme, porque cambia el punto de vista y, sobre todo, cambia la pregunta que le hacemos a la pantalla. Ya no miramos a un hombre, miramos a un intérprete contando la vida de otro, en un mundo que también está mirando.
A partir de ahí, la película se bifurca en dos carriles que se van cruzando todo el tiempo. Por un lado está la ficción biográfica del magnate, con sus negocios, sus decisiones y su relación con el sobrino que termina heredando el control de la empresa familiar. Por el otro, está el detrás de escena de la obra: los ensayos, el escenario, la relación entre los actores y, sobre todo, el financiamiento. Y acá aparece Jesse Plemons, que se hace cargo del papel de nexo entre los dos mundos. Su personaje es el sobrino del magnate, el que sostiene el imperio vendiendo las mascarillas que la gente necesita para vivir afuera, y a la vez es el que pone la plata para que esa historia se cuente en un teatro. O sea, el mismo dinero que vende el aire que se respira también financia el relato que lo explica.
- La vida del magnate, contada como una obra dentro de la película.
- La crisis climática, que obliga a usar mascarillas para salir a la calle.
- Los negocios del sobrino, que vende esas mascarillas y maneja la fortuna familiar.
- El financiamiento de la puesta teatral, que sale del mismo imperio que causó la debacle.
- El público de la obra, que celebra la caída del magnate y después sale a la calle con su barbijo puesto.
El final, que es también un comienzo
El desenlace es de los que dan para discutir en la mesa, de los que se comentan caminando hacia la salida del cine. Sobre el escenario se representa la caída y la muerte del magnate, y el público de la función lo celebra con un entusiasmo que a mí me dejó pensando un buen rato. Es raro ver a una sala aplaudiendo la derrota de un tipo que, en otra lectura, es el mismo que les vendió la solución para respirar. Cuando baja el telón, la cámara sigue a los espectadores cuando salen a la calle, se ponen las mascarillas y se cruzan con operativos policiales que controlan quién anda por dónde. El afuera y el adentro del teatro se tocan, y la frontera que parecía tan clara mientras dura la función se vuelve porosa. Es como si Iñárritu nos dijera que aplaudir desde la butaca no nos saca del problema, que el público también es parte de la historia que se cuenta.
Y hay un detalle que me parece clave y que conviene no dejar pasar: la música, sobre todo en los últimos minutos y durante los créditos, va armando momentos de alivio que después se cortan de golpe, sin aviso. Es un recurso que puede sonar menor, pero que en esta película pesa, porque te saca de la comodidad del cierre y te deja con la intriga abierta, como si la función no terminara del todo cuando se apagan las luces. Esa decisión sonora dialoga con la idea central de la película, que es que el espectáculo sigue aunque baje el telón, y que el mundo al que volvemos después de una función no es el mismo que dejamos cuando compramos la entrada.
Digger todavía no tiene fecha de estreno confirmada en la Argentina, pero la producción viene generando ruido desde los festivales donde se presentó, y se espera que llegue a las salas locales en los próximos meses, probablemente con funciones subtituladas en los complejos de siempre y alguna que otra proyección especial en salas independientes del centro. Para quienes quieran ir preparados, la recomendación de siempre: comer liviano antes, porque la película es larga y densa, y dejar el café para después, porque la conversación que se arma saliendo del cine bien vale una sobremesa en el bar de la esquina. Y si van con alguien que no la vio, aguanten la fila del estacionamiento: la charla va a ser larga.
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