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VIE, 16 OCT 2026
Vida

El celular que llevamos en el bolsillo: por qué la cabeza no se desenchufa aunque dejemos el aparato sobre la mesa

Los investigadores del CONICET Fabricio Ballarini y Juan E. Bonnin detallan los mecanismos que mantienen la atención atada al teléfono y describen cómo la expectativa de recibir avisos consume recursos cognitivos que después faltan para la vida cotidiana.

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Belén SosaAmbiente y comunidades · · lectura 4 min
El celular que llevamos en el bolsillo: por qué la cabeza no se desenchufa aunque dejemos el aparato sobre la mesa

El neurocientífico Fabricio Ballarini suele empezar sus charlas con una escena que cualquier padre o madre reconoce antes de que termine de contarla: alguien deja el teléfono apoyado sobre una mesa de madera, mira hacia otro lado durante un rato y, cuando vuelve a buscarlo, lo primero que hace es revisar la pantalla con la misma urgencia que si llevara horas esperando un mensaje importante. Esa escena, repetida en miles de hogares argentinos, es el punto de partida del trabajo que Ballarini comparte con el lingüista Juan E. Bonnin en su libro (Des)Conectados, donde ambos, desde sus respectivos laboratorios del CONICET, se propusieron explicar por qué un aparato que cabe en la palma de la mano termina ocupando un lugar tan grande en la atención cotidiana.

La respuesta, según describen los investigadores, tiene tanto una cara cerebral como una cara social, y se entiende mejor cuando uno se detiene a observar lo que pasa en la mesa familiar a la hora de la cena, en un colectivo de la línea que cruza el área metropolitana de Buenos Aires o en la sala de espera de un centro de salud de una ciudad mediana del interior, donde no quedan mesas libres y sí quedan decenas de pantallas encendidas.

El ruido que el cerebro decide escuchar

Ballarini y Bonnin describen un mecanismo fino que opera sin que lo notemos: el cerebro aprende a filtrar la enorme cantidad de estímulos que recibe cada día y, entre esos estímulos, le asigna un lugar preferencial al sonido del teléfono, a su vibración y a la expectativa de que llegue una notificación. Cuando el aparato no suena, el sistema sigue trabajando: cualquier roce de la ropa, un ruido cercano o una vibración del colectivo pueden ser interpretados como una señal del celular, un fenómeno que los autores describen como notificaciones fantasma y que ilustra con una pregunta simple: cuántas veces desbloqueamos la pantalla y encontramos la lista de avisos vacía.

Esa expectativa constante no es inofensiva. Los investigadores relacionan un mayor miedo a quedar afuera de las conversaciones y de las actividades digitales con un menor rendimiento de la memoria y de la atención, porque parte de los recursos cognitivos que se necesitan para concentrarse en una charla, en una clase o en una tarea del hogar quedan ocupados en anticipar lo que pueda llegar al dispositivo.

FOMO: el nombre técnico de una preocupación muy doméstica

Los autores dedican buena parte de su explicación al concepto que en inglés se abrevia como FOMO y que en castellano puede traducirse como el miedo a quedar afuera. Para los adolescentes, perder el acceso a las conversaciones digitales puede sentirse como una exclusión del grupo de pertenencia, ya que la preocupación abarca tanto las actividades que se están perdiendo como los intercambios en los que no pueden participar. Esa inquietud, que en muchos casos se expresa como un chequeo compulsivo de la pantalla, tiene su versión adulta en la sensación de llegar a una reunión de trabajo y advertir que ya se estuvo hablando de un tema durante horas, o en la de sentarse a la mesa y darse cuenta de que la familia viene discutiendo algo desde antes de que nos sentáramos.

  • Sentir que el teléfono vibró y descubrir, al revisarlo, que no había llegado ningún mensaje.
  • Interpretar un roce de la ropa o un ruido cercano como una señal del celular.
  • Volver a buscar el aparato apenas queda a unos centímetros de distancia, aunque no haya sonado.
  • Chequear la pantalla antes de responder una pregunta que se escuchó en la mesa.
  • Sentir que dejar el dispositivo en otra habitación es dejar, por un rato, un espacio de encuentro.

Reconocer esas situaciones es, en la propuesta de Ballarini y Bonnin, el primer paso para revisar los hábitos digitales de la vida familiar. Los autores aclaran que no se trata únicamente de contar la cantidad de veces que se desbloquea la pantalla a lo largo del día: también importa advertir la preocupación por perderse algo o la expectativa constante de que llegue un aviso, dos indicadores que suelen pasar desapercibidos en medio del ruido cotidiano.

Los investigadores ubican estos hábitos en un cambio más amplio, que ya modifico la manera en que las familias argentinas organizan su tiempo y su atención: las pantallas alojan conversaciones, vínculos y actividades que forman parte de la vida diaria, por lo que dejar el dispositivo no siempre se vive como guardar una herramienta, sino que puede sentirse como abandonar, por un rato, un espacio de encuentro. La propuesta apunta a recuperar el valor del conocimiento y de la memoria, y a evitar que los dispositivos concentren todo el esfuerzo de pensar.

En esa línea, el planteo de Ballarini y Bonnin deja una pregunta que sigue sonando después de cerrar el libro y de apoyar el celular sobre la mesa, boca abajo, como recomienda más de un especialista: en qué momentos de la convivencia familiar o de la jornada laboral el teléfono, sin necesidad de sonar, se lleva la mejor parte de nuestra atención, y qué se recupera, en concreto, cuando se decide volver a prestarle atención a lo que pasa del otro lado de la pantalla.

BS
Belén SosaAmbiente y comunidades

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