La chica que se cayó al hielo y volvió a empezar: el libro de Natalia López sobre su año en la Base Esperanza
A los 12 años pasó una invernada entera en la Antártida junto a su familia. Hoy, tres décadas después, reconstruye aquella vida en "Una casa en el fin del mundo", el libro donde conviven el juego, el susto en el agua de deshielo y el descubrimiento de la radio.
Me lo imagino de otra manera, pero así arranca la historia que cuenta Natalia López: con una escena que parece de película y que, sin embargo, fue su vida cotidiana durante todo un año. En 1996, cuando ella tenía 12, su familia aceptó la propuesta de pasar una invernada en la Base Esperanza, el asentamiento argentino que queda del otro lado del mapa, ahí donde el continente blanco empieza a morder el mar. Papá, mamá, hermanos y un puñado de chicos más se instalaron en aquel paraje durante los meses más crudos del año antártico. La experiencia, treinta años después, se convirtió en su primer libro, Una casa en el fin del mundo, donde reconstruye lo que fue vivir en familia en el lugar más austral del país.
El casino de la base y la vida de los chicos en el hielo
Le pregunto cómo era el día a día de los pibes allá abajo y Natalia se ríe, porque la respuesta suena simple y al mismo tiempo enorme. En sus ratos libres, los chicos de la dotación se juntaban en el casino de la base, un salón que hacía las veces de sala de juegos y de living comunitario, con mesa de pool, metegol y equipos de música. Cuando el tiempo lo permitía, salían a caminar por los alrededores, siempre con una radio handy encima para no perder contacto con los adultos. Acá en el sur, la diversión tenía esa cadencia: compartir un espacio chico, aprender a jugar con lo que había y entender rápido que el hielo no perdona.
Desde el primer día, cuenta, les dieron indicaciones claras para reconocer los riesgos del terreno. El problema es que, a los 12 años, uno todavía cree que las advertencias son para los demás. Durante una salida con otros chicos, el hielo cedió bajo sus pies y Natalia terminó sumergida en el agua de deshielo. Lo que sigue es una de esas escenas que se graban para siempre: ella quedó aferrada con las manos y los brazos, manteniendo la cabeza fuera del agua, hasta que su hermana se agachó desde el borde y la ayudó a subir.
Después del rescate, un adolescente del grupo corrió a dar aviso a la base. Mientras los adultos salían a buscarlos, Natalia y el resto caminaron unos tres kilómetros para volver por sus propios medios. Al llegar, la primera atención fue de las más simples y de las más importantes: una ducha bien caliente para que el cuerpo recuperara temperatura. Una vez a salvo, seco el susto, vino lo de siempre en cualquier casa: los padres también la retaron por lo que había pasado.
Lo que enseña vivir con lo justo, y una manzana a cambio de una cucharita
- Llevarse solo lo indispensable: en la base, cada objeto disponible adquiría otro valor porque no había forma de reemplazar nada a la vuelta de la esquina.
- Aprender a compartir el espacio con otras familias en un lugar chico, lejos de todo, donde convivir era la única opción posible.
- Entender el ritmo del clima antártico: el frío, el viento y el hielo marcaban los tiempos del día y de la semana.
- Descubrir el trueque como forma de vida: cerca del final de la estadía, los chicos intercambiaron cucharitas argentinas por manzanas con pasajeros de un buque turístico alemán.
- Acercarse a la radio: su madre trabajaba como locutora en la filial de Radio Nacional de la Base Esperanza, y ese contacto fue el primer motor de su vocación.
Esa inmersión temprana en el mundo de la radio no quedó en una anécdota de la infancia. Con los años, Natalia estudió periodismo y locución, escribió una tesis documental sobre la Antártida y regresó al continente en cuatro oportunidades. Lo que empezó como un juego de chicos en el casino de la base, escuchando música y mirando a su madre hablar frente al micrófono, se transformó en una carrera entera. Hoy, cada vez que se sienta frente a un micrófono, dice, todavía le resuena aquel eco antártico.
Mientras hojeo el libro mentalmente, me quedo con una imagen que Natalia repite: la de una familia completa aprendiendo a vivir con poco en un lugar donde todo se vuelve enorme, desde una ducha caliente hasta una manzana llegada de un barco. Es la misma imagen que, me animo a decir, nosotros en el sur solemos buscar cuando queremos explicar qué significa pertenecer a un pueblo chico o a una ciudad de frontera. Y también me quedo con la pregunta que la propia autora deja flotando al final: qué aprendizaje de la infancia sigue vigente en la vida adulta, ese que uno cree haber dejado en la escuela y que, sin embargo, termina ordenando casi todo lo que hace.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tierra Roja Noticias