La consulta que empieza con un plato: una psicóloga suma la nutrición al primer interrogatorio de la salud mental
Kimberley Wilson plantea que, antes de recetar, hay que preguntar qué se come, cómo se duerme y cuánto se mueve una persona. Defiende integrar la evaluación nutricional al cuidado emocional, sin reducir un diagnóstico a una vitamina.
En el primer consultorio donde Kimberley Wilson atendió a mujeres presas, en Holloway, el cansancio llegaba mezclado con hambre. La psicóloga británica que se especializó en ese presidio londinense empezó a registrar no solo los síntomas que contaba cada paciente sino también lo que llevaba al plato: cansancio crónico, irritabilidad, desgano y niebla mental aparecían una y otra vez en un mismo perímetro de comida escasa, sueño cortado y cuerpos quietos. Esa repetición la empujó a sumar preguntas que hasta hace poco quedaban afuera de la consulta psicológica.
La propuesta que ahora difunde es concreta: cuando alguien consulta por fatiga, apatía o ánimo bajo, la evaluación inicial debería revisar también qué se come, cuánto se duerme y cuánto se mueve una persona, junto con los antecedentes clínicos y las situaciones de estrés. No se trata, aclara, de reemplazar la terapia ni la medicación, sino de ampliar el mapa antes de decidir cómo intervenir.
Nutrientes en la mesa de la consulta
Wilson menciona vitaminas B3 y B12, zinc, selenio y omega-3 entre los nutrientes que sostienen el funcionamiento cerebral. Advierte, sin embargo, que una insuficiencia nutricional no determina por sí sola la existencia de un trastorno mental: puede agravar el cansancio, la irritabilidad o el bajo estado de ánimo, pero no reemplaza un diagnóstico. Lo que propone es investigar esos déficits cuando los síntomas se vuelven persistentes.
- Pescados azules como sardina, salmón y caballa, ricos en omega-3, con al menos una porción por semana.
- Consulta profesional para personas vegetarianas o veganas sobre suplementación alternativa.
- Revisión del sueño, el sedentarismo, el consumo de sustancias, los conflictos personales y el estrés laboral como parte de la misma evaluación.
“Una persona con experiencias difíciles puede necesitar terapia especializada; alguien con anemia, en cambio, podría ver parte de sus síntomas aliviadis una vez que se corrige una carencia concreta. La psicoterapia y los medicamentos siguen formando parte del abordaje cuando resultan necesarios.”Kimberley Wilson, psicóloga
La especialista construyó su mirada a fuerza de casos. En Holloway vio cómo la regulación emocional de las internas se enlazaba con carencias alimentarias, y recuerda ensayos clínicos aleatorizados en cárceles que vincularon la administración de micronutrientes con menos episodios violentos. Esa asociación no permite explicar toda la conducta de una persona a partir de su dieta, pero deja picando una pregunta incómoda para los consultorios: cuántos cuadros de supuesta apatía son, en realidad, hambre vieja que nunca se preguntó.
Wilson insiste en un punto que suele quedar afuera del discurso médico: los cambios de hábitos tardan meses en percibirse. No alcanza con un batido de omega-3 ni con una noche de buen sueño; la incorporación sostenida de pescado, suplementos cuando faltan o el ordenamiento del descanso forman parte de un proceso lento, donde cada milla de verdura o de caminata cuenta. ¿Cuántos diagnósticos quedarían incompletos si la primera pregunta de la historia clínica dejara de ser qué le pasa y empezara a ser qué comió?
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