La frase que Wes Craven le susurraba a Drew Barrymore para hacerla llorar de verdad en la primera escena de Scream
Un recuerdo sobre crueldad animal, una actriz quebrada y un plan de marketing que cambió para siempre las reglas del slasher: la historia detrás de la muerte más comentada de los años noventa.
Como diría cualquier abuela de la colonia mientras mira una película de terror con la reposera en el patio: "Pobre chica, mirá cómo llora, eso no es acting". Y tenía razón. Porque las lágrimas de Drew Barrymore en la escena inicial de Scream, esa secuencia que ya forma parte del manual de cualquier fanático del género, no salieron de un ejercicio de actuación ni de un recuerdo de la propia actriz: salieron de un truco muy puntual del director Wes Craven, uno que él mismo activaba en el momento justo para que el llanto fuera absolutamente real, y yo me quedo pensando en la cantidad de veces que vi esa apertura sin sospechar siquiera que detrás de cada grito había un pequeño mecanismo emocional funcionando en las sombras del set.
La historia arranca la noche anterior al rodaje, cuando Barrymore se topó con una noticia que la dejó mal durante horas: la de un dueño que había quemado vivo a su propio perro. La actriz llegó al set todavía sacudida por lo que había leído y, en algún momento, se lo contó a Craven. El director, que ya llevaba décadas inventando formas de provocar miedo, vio ahí un filón que no podía dejar pasar. Le dijo que no se preocupara, que él se encargaba. Y lo que hizo fue: durante la filmación de la llamada telefónica en la que Casey termina degollada por Ghostface, Craven se le acercaba y le susurraba al oído la frase "estoy encendiendo el mechero", con la intención de devolverle a la memoria esa imagen del animal y, con ella, toda la angustia que había sentido al leer la nota.
Estoy encendiendo el mechero
Julie Plec, que en ese rodaje era asistente de Craven y después se convirtió en una de las productoras más importantes de la televisión estadounidense, contó años después lo que se escuchaba desde el otro lado de la puerta del set: "Se oía a Drew gritar y aullar, y yo pensaba: '¿Pero qué coño está pasando ahí dentro?'. Y era Wes, que la estaba animando". La confesión, que circuló en entrevistas y podcast de la industria, muestra hasta qué punto el director estaba dispuesto a llevar a su protagonista al límite emocional con tal de que la cámara captara algo verdadero, sin trampa, sin glycerina, sin el recurso fácil del actor que se acuerda de un familiar muerto para disparar una lagrimita a tiempo.
Y acá viene la otra capa de la historia, porque el llanto de Barrymore no fue el único hallazgo de esa apertura. Hubo una decisión de marketing pensada al milímetro que convirtió la escena en un fenómeno cultural: la actriz fue puesta como cara absoluta de toda la campaña publicitaria de Scream. Afiches, tráiler, notas en revistas, todo llevaba la imagen de Drew Barrymore como si fuera la protagonista indiscutida de la película. Richard Potter, por entonces director de desarrollo de Dimension Films, lo explicó con una frase que define el espíritu de la operación: "Vas a ver el tráiler y los anuncios, y vas a estar seguro de que ella es la protagonista. Es imposible que muera. Cuando muera al final de esa secuencia, pensarás: 'Cualquiera podría morir'". Dicho y hecho: Casey muere a los doce minutos de película y el público sale del cine con la sensación de que las reglas del terror acababan de cambiar para siempre.
Yo, que crecí viendo Scream en VHS prestado y después la revisé mil veces en cada aniversario, confieso que durante años pensé que Barrymore había llorado por puro profesionalismo, por saberse la primera víctima de una película que apostaba todo a su muerte. Pero ahora, cada vez que alguien me dice que el cine de terror es puro efectismo, me acuerdo de esta historia y la cuento con la misma pasión con la que mi vieja me contaba los secretos de un buen guiso: a fuego lento, con los ingredientes justos y con la certeza de que lo que se cocina en silencio, después se come con gusto. Scream se puede ver hoy, casi treinta años después de su estreno, en plataformas de streaming, y la escena inicial sigue funcionando como funcionó en el cine de mi barrio un viernes a la noche, con pochoclo, gaseosa y la misma sensación de que algo inesperado estaba a punto de pasar.
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