La herencia silenciosa: cuando los deseos de los padres se vuelven una mochila en la espalda de los hijos
La psicóloga Cynthia Wila recorre en su ensayo La culpa cómo las expectativas familiares pueden transformarse en una carga difícil de soltar, incluso cuando se transmiten con dulzura, y propone revisar de qué nos hacemos cargo en la vida adulta.
Acá en el sur, en una sala de espera del barrio San Martín, Marta Lencina se acomoda en la silla y se ríe con una mueca que es mitad alivio y mitad cansancio. Tiene 52 años, tres hijos ya grandes y una confesión a flor de labios: «Yo les decía a mis chicos que estudiar era lo más importante del mundo, y la verdad es que yo no había terminado el secundario. Les exigí con amor, sí, pero les exigí. Y hoy, cuando uno de ellos me dice que está agotado de tanto intentar, algo me cruza por la cabeza y me pregunto si no le pasé mi propia cuenta pendiente». La escena es un espejo posible de lo que describe la psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, publicado por Paidós: las expectativas de madres y padres que se vuelven, sin querer, una mochila difícil de cargar para nosotros, los hijos.
Expectativas que vienen con nombre y apellido
Wila señala que las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos suelen incluir proyectos que ellos mismos no pudieron terminar de concretar en sus propias vidas. Cuando esas metas se trasladan a la crianza, lo que aparece es una demanda casi imposible de satisfacer, porque se trata, nada menos, que de cumplir con los sueños pendientes de otra persona. Y eso, claro, siempre pesa más de lo que parece.
La especialista advierte, además, que no hacen falta palabras hirientes para que la carga aparezca. Un pedido expresado con cariño, con un «yo solo quiero que seas feliz», puede dejar abierta la misma inquietud: qué esperan los adultos de mí, qué tengo que hacer para ganarme su aprobación, y qué pasa si no llego. Para Wila, esa búsqueda constante puede convertirse en una fuente silenciosa de angustia y de culpa, que se instala sin hacer ruido y se queda por mucho tiempo.
- Los mandatos familiares no siempre llegan gritando, a veces llegan en un tono dulce que igual exige explicación a quien lo recibe.
- Cumplir con los sueños que los padres no pudieron llenar con los propios hijos suele sentirse como una deuda que no se termina de pagar nunca.
- Las normas que ayudan a convivir y los mandatos que restringen elecciones son cosas distintas, aunque a veces se confundan en la mesa familiar.
- Las exigencias de la infancia suelen quedarse en la adultez convertidas en reproches propios, que la persona se repite a sí misma cuando nadie ya los formula en voz alta.
La voz que sigue sonando de grande
Lo más llamativo del planteo de Wila es que esas presiones no desaparecen necesariamente cuando uno crece y se muda del hogar familiar. La autora sostiene que las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios, como si la persona los hubiera grabado y los reprodujera sola en su cabeza. Así, en la adultez, la exigencia puede persistir aunque ya no haya nadie formulándola desde afuera, porque la crítica se volvió interior y se hace cargo de repetir el mandato sin que nadie se lo pida.
Frente a ese mecanismo, la especialista propone algo que parece simple pero no lo es: detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos. El eje de su propuesta es revisar de qué se acusa cada uno, en lugar de sostener un cuestionamiento permanente sobre sí mismo. Porque, como aclara Wila, la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía según las experiencias vividas por cada persona, y por eso describe recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones que a veces pesan más de lo que uno está dispuesto a reconocer.
“Hay que diferenciar las normas que ayudan a convivir de los mandatos que restringen nuestras elecciones personales; muchos mandatos quedan asociados al miedo a perder el afecto de quienes los transmiten.”Cynthia Wila, psicóloga y autora del ensayo La culpa
Marta, mientras tanto, se levanta de la silla y mira el reloj. Antes de irse, deja una frase que suena a propósito de año nuevo: «Yo quiero que mis chicos vivan su propia vida sin tener que cargar con la mía. Si ellos pueden elegir lo que quieren sin sentir que me deben, entonces yo voy a estar tranquila de verdad». Es, acaso, lo que Wila espera que pueda empezar a pasar en más familias que en las que todavía pesa, sin saberlo, esa mochila heredada en silencio.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tierra Roja Noticias