La infancia que pide socorro y un sistema que no alcanza a escucharla
Chicos que no duermen, que se lastiman, que se callan abusos durante años y que llegan a la escuela sin poder aprender. Los equipos especializados son pocos, los servicios están saturados y la atención se reparte entre salud, educación y justicia, mientras muchas historias quedan a la espera de alguien que se detenga a mirarlas de verdad.
En la sala de espera de un consultorio del sur del conurbano, una nena de nueve años se balancea en la silla mientras su mamá le acaricia la mano. No quiere entrar. Dice que le duele la panza, que no puede dormir, que en la escuela la maestra le grita y que a veces piensa cosas feas. La profesional que la recibe esa tarde tiene agendados otros doce pacientes y sabe que, cuando termine la jornada, todavía quedaron tres llamados sin responder. La escena se repite, con otros nombres y otras edades, en guardias, escuelas y centros de salud de todo el país, y muestra de manera muy concreta por qué la crisis de salud mental infantil dejó de ser un tema de especialistas para convertirse en una preocupación que toca a cualquier familia.
En consultorios, guardias hospitalarias y aulas aparece una y otra vez el mismo patrón: chicos que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comen de manera compulsiva, que se aíslan, que se lastiman o que expresan que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia que, en muchos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla.
Violencias que se cargan en silencio durante años
Las estimaciones de UNICEF son terminantes: una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o agresión sexual antes de los dieciocho años; entre los varones, la proporción es de uno de cada once. Buena parte de esas experiencias queda silenciada porque nunca encontró un interlocutor, y sus efectos sobre la salud mental puedenextenderse durante toda la vida. A eso se suman maltratos cotidianos, negligencia y humillaciones que pocas veces quedan registrados en algún expediente.
Graciela, docente en una escuela primaria de Lanús, lo cuenta con la crudeza de quien lo vive cada mañana. "Acá en el sur atendemos pibes que llegan con hambre, con miedo, con marcas en los brazos que nadie quiere ver. Nosotros tratamos de contenerlos, pero no somos psicólogos, somos maestras, y a veces lloramos en la dirección porque no sabemos qué hacer". Su testimonio refleja algo que las estadísticas apenas insinúan: el aula se convirtió, sin pedirlo, en la primera línea de detección.
Pantallas, apuestas y aprendizajes que no se sostienen
Las plataformas digitales sumaron una dimensión nueva al cuadro. Chicos y adolescentes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas y a material que promueve conductas de riesgo. Según datos de UNICEF, uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez. El uso intensivo de pantallas dejó de ser un simple hábito: en muchos casos funciona como refugio ante soledades que no tienen otro lugar adonde ir.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a este panorama: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias. Aprender exige atención, confianza y capacidad de tolerar la frustración, recursos que se agotan rápido cuando la energía psíquica está puesta en sobrevivir al hambre, la violencia o el abandono.
Un sistema fragmentado que pierde a los pibes en el medio
Cuando una familia logra advertir que algo está mal y pide ayuda, puede encontrarse con servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia. La atención suele llegar fragmentada: la escuela recibe el problema de conducta, el hospital el síntoma, la justicia la infracción. El chico, en el medio, puede perderse como persona dentro de un circuito de informes e intervenciones que no siempre dialogan entre sí.
Los equipos de salud mental infantojuvenil son escasos y, en muchos casos, dependen de profesionales que trabajan en condiciones precarias, con salarios bajos y contratos que se renuevan de manera intermitente. Atender a un chico que está en crisis requiere tiempo, continuidad y articulación con la escuela, con la familia y, muchas veces, con el sistema de protección de derechos. Sin esa red, cada intervención queda reducida a un parche.
“Cuando un pibe llega lastimado, lo que necesita es que alguien se quede, no que le pasen un turno para dentro de seis meses.”Mariana, psicóloga de un centro de atención primaria de Quilmes
Lo que se espera, y lo que cada vez más familias y profesionales reclaman, es que el Estado garantice dispositivos de escucha temprana en las escuelas, equipos de salud mental con presencia efectiva en los barrios, y circuitos claros entre salud, educación y justicia para que ningún chico quede dando vueltas entre ventanillas mientras su sufrimiento crece. Mientras tanto, en aulas y consultorios como los de Graciela y Mariana, se sigue haciendo lo que se puede, con lo que hay, esperando que el sistema, de una vez por todas, se digne a mirar a estos pibes como lo que son: chicos que necesitan, ahora, que alguien se haga cargo.
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