La otra Italia que conquistan los argentinos: pueblos del interior, raíces y una gastronomía declarada patrimonio
Más de 1.200.000 turistas argentinos llegaron a la península en la última temporada, con vuelos directos que rozan el 80% de ocupación. Las autoridades italianas ahora empujan a los viajeros hacia los borghi, el sur y la costa ligur, en un movimiento que conecta con la memoria migratoria de medio país.
Desde Ezeiza hasta Fiumicino hay unas siete mil millas de distancia, pero el puente entre Argentina e Italia sigue funcionando como si las dos orillas estuvieran separadas por un río y no por un océano. La última temporada de verano europeo cerró con más de 1.200.000 turistas argentinos ingresados al país, según los registros de las autoridades turísticas italianas, una cifra que consolida a la península como el destino europeo más visitado por los viajeros que salen desde Buenos Aires, Córdoba, Rosario o Mendoza.
Los vuelos directos que unen ambos países operan con promedios de ocupación superiores al 80%, un dato que los operadores del sector suelen repetir con cierto orgullo porque refleja algo más que una cuestión de asientos vendidos: habla de un flujo constante, de familias que vuelven cada verano y de argentinos que descubren Italia por primera vez y vuelven a buscarla. La conectividad aérea, coinciden los especialistas, funciona como la columna vertebral de un vínculo que tiene raíces más profundas que cualquier estadística.
Medio país lleva apellido italiano
La explicación de fondo es casi un dato de sentido común para cualquier argentino que mire su propio árbol genealógico: casi la mitad de la población del país tiene ascendencia italiana, un porcentaje que no tiene parangón en ningún otro destino europeo y que alimenta lo que las autoridades del sector denominan turismo de raíces, esos viajes motivados por el reencuentro con el origen familiar, la búsqueda de un pueblo en Calabria o la visita al cementerio donde descansan los bisabuelos que partieron de Génova en los años veinte.
“El turismo está hecho de relaciones humanas, económicas y sociales. Casi el 50% de los argentinos son de origen italiano. Queremos trabajar en el turismo de las raíces. Las raíces significan la cultura, el estilo de vida, las costumbres. Porque cuando viajas, conoces, hablas, comes y entrás en la cultura del pueblo. Y nuestros pueblos vienen de las mismas raíces.”Andrea Gnazzi, diputado de la Cámara de Diputados italiana
La frase la pronunció el diputado Andrea Gnazzi, integrante de la Décima Comisión de la Cámara baja italiana, en un encuentro con prensa argentina al que tuve acceso mientras preparaba este recorrido. Gnazzi insistió en un punto que me pareció clave: el turismo de raíces no es una categoría de marketing vacía, sino una forma de entender el viaje como un acto de memoria compartida. Y me quedé pensando en cuántos de los que subimos al avión en Ezeiza podríamos trazar una línea directa entre nuestra propia cocina de domingo y una trattoria de pueblo en las montañas de los Abruzos.
La Italia de los 8.000 campanarios
Más allá de Roma, Florencia y Venecia, que siguen concentrando el flujo de quienes viajan por primera vez, la estrategia oficial apunta a redistribuir los visitantes hacia los borghi, los pequeños pueblos de montaña y de costa que el país define como la Italia de los 8.000 campanarios. La idea es acceder a tradiciones locales y paisajes menos transitados, con una infraestructura que se modernizó en los últimos años e incluye transporte eléctrico, gastronomía nocturna y conectividad de alta velocidad que permite moverse entre pueblos sin volver a las grandes ciudades.
El sur concentra buena parte de la apuesta. Calabria, Puglia, Sicilia y Campania ampliaron su capacidad de recepción internacional en los últimos años, con alojamientos boutique en centros históricos restaurados, rutas del vino y del aceite, y festivales locales que funcionan como anzuelo para un viajero que ya conoce el Coliseo y la galería de los Uffizi. La región de Liguria, históricamente vinculada a la Argentina por las corrientes migratorias del siglo XIX y XX, refuerza esa continuidad a través de la gastronomía y los dialectos, y aparece como puerta de entrada natural para quienes llegan buscando un pueblo que lleva el mismo apellido que su nonno.
- Turismo de raíces: recorridos por pueblos de origen familiar, archivos comunales y cementerios históricos, con paquetes diseñados en conjunto con asociaciones de italianos en el exterior.
- Borghi del interior: pequeños pueblos de montaña y costa con infraestructura renovada, transporte eléctrico y conectividad de alta velocidad.
- Sur y costa ligur: Calabria, Puglia, Sicilia, Campania y Liguria amplían su capacidad de recepción con alojamientos en centros históricos y rutas gastronómicas.
- Cocina patrimonio: la cocina italiana fue reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, lo que ordena una agenda de ferias, festivales y experiencias enogastronómicas durante todo el año.
Un mozo de una trattoria familiar en las afueras de Siena me dijo algo que me parece resumir bastante bien el espíritu de esta nueva etapa: cada vez que ve a una familia argentina sentarse a la mesa, ve a tres generaciones que se reencuentran con algo que les pertenece. No es, dijo mientras servía un plato de pici, es gente que vuelve. La distinción parece menor, pero cambia la lógica entera del viaje. Y es probablemente lo que las autoridades italianas están intentando leer cuando diseñan una política turística que deja de mirar solo a las capitales y empieza a mirar a los campanarios de los pueblos.
Recomendación de temporada
Para quienes estén pensando en sumarse al flujo, la mejor ventana sigue siendo el otoño europeo, entre octubre y la primera quincena de noviembre: los vuelos todavía operan con buenas frecuencias, los pueblos del interior respiran un clima más amable que en pleno agosto, y la cosecha de uva y aceitunas abre un calendario de fiestas locales que no aparece en ninguna guía de las clásicas. Los precios de alojamiento en los borghi suelen caer entre un 20% y un 30% respecto de la temporada alta, y la conectividad con las grandes ciudades se mantiene fluida. Para entonces, conviene tener reservado el vuelo y, sobre todo, el pueblo al que uno quiere volver a la raíz.
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