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VIE, 16 OCT 2026
Vida

La pelea de las 7 de la mañana: por qué muchos chicos se van al colegio con el estómago vacío y qué se puede hacer para evitarlo

Una revisión de estudios internacionales vuelve a poner el foco en una costumbre que parece menor pero pesa en el aula: arrancar el día sin desayunar. En el barrio, las familias lo viven como una carrera contra el reloj.

LH
Ludmila HudymaSociedad y vida · · lectura 4 min
La pelea de las 7 de la mañana: por qué muchos chicos se van al colegio con el estómago vacío y qué se puede hacer para evitarlo

Son las siete y veinte de la mañana y en la cocina de Marta, en el barrio Confluencia, todavía hay tres mochilas abiertas sobre la mesa. Una de ellas es la de Tomás, que ya se calza las zapatillas con la idea fija de llegar al colectivo que lo deja en la escuela. Cuando le pregunto si comió algo, se encoge de hombros y me dice que se tomó un vaso de mate cocido a las apuradas. Su mamá, mientras acomoda un termo, suspira y reconoce que el desayuno en esa casa es una pelea perdida desde que arrancó las clases. Acá en el sur, la escena se repite en decenas de hogares chaqueños y neuquinos donde las mañanas empiezan con la misma pregunta: ¿de dónde saco el tiempo para alimentar a los chicos como corresponde antes de que suene el timbre de la escuela?.

Lo que en muchas familias se vive como una cuestión de organización doméstica empieza a tener respaldo científico cada vez más firme, aunque con sus debidos matices. Una revisión sistemática que reunió 45 estudios de distintos países encontró que desayunar puede mejorar la atención, la memoria y lo que los especialistas llaman funciones ejecutivas, que son esas habilidades que permiten planificar, sostener una idea y resolver problemas. La diferencia se nota sobre todo cuando el chico o el adolescente arranca el día con el cuerpo sin reservas; en contextos de desnutrición o alimentación insuficiente, el impacto es todavía más marcado. Pero los propios autores aclaran que los resultados cambian según el tipo de prueba que se aplique y según las características de cada grupo, y que todavía no existe una fórmula única que sirva para todos.

Rendimiento escolar y mate cocido a las apuradas

En paralelo, un análisis que reunió 24 estudios observacionales llegó a una conclusión que a las mamás y los papás les suena de toda la vida: saltearse el desayuno se asocia con un mayor riesgo de obtener un desempeño académico bajo. La palabra clave acá es asocia, porque los propios investigadores son cuidadosos a la hora de afirmar que una cosa provoque la otra. En el medio pueden intervenir el sueño, la situación económica de la familia, lo que el chico comió el día anterior, sus hábitos de estudio y hasta el estado de ánimo con el que se levanta. Lo que sí parece quedar claro es que arrancar la jornada sin combustible no es lo mismo que hacerlo con algo sólido en el estómago.

La dietista Jennifer Hyland, del equipo de Cleveland Clinic Children’s, lo explica con un lenguaje de manual pero con una verdad que a esta altura ya repetimos de memoria: después del ayuno nocturno el cuerpo necesita reponer energía, y si no lo hace aparecen el cansancio, la lentitud mental y esa sensación de no terminar de despabilarse que tantos chicos describen en el aula. Por eso, lo que para algunas familias es un trámite menores, para el organismo representa una decisión importante, sobre todo en los primeros tramos del día escolar, cuando se concentran las materias más exigentes y la atención se pone a prueba.

Qué poner en la mesa y cómo resolverlo sin volverse loco

  • Preparar la noche anterior la avena remojada, los huevos ya hervidos y la fruta lavada, para que a la mañana solo haya que servir.
  • Armar cada desayuno combinando proteínas y fibra, por ejemplo un huevo con una tostada integral, un cereal integral con leche y fruta, o yogur griego con granola con poco azúcar.
  • Congelar sándwiches de huevo ya armados y calentarlos al pasar, una opción que propone Cleveland Clinic para los días más complicados.
  • Evitar las opciones con demasiado azúcar agregado, porque dan una suba rápida de energía seguida de un bajón que vuelve a abrir el hambre antes del mediodía.

Hyland además aclara algo que suele quedar dando vueltas entre los adultos: no existe una cantidad única de proteína que les sirva a todos los chicos, porque depende de la edad, del peso y del resto de la alimentación. Lo que sí se puede generalizar es la idea de evitar pasar la mañana entera en ayunas, sobre todo cuando el chico tiene varias horas de clase por delante y todavía le queda el recreo lejos. En nuestra experiencia, lo que termina definiendo el hábito no es tanto el menú como la logística familiar: quién se levanta primero, qué queda listo desde la noche anterior, cuánto tarda el colectivo y si en la escuela hay o no un segundo desayuno que funcione como red de contención.

Lo que uno escucha en las encuestas y en las rondas de mates va en la misma dirección que los papers: la presión de las mañanas se come al desayuno, y muchas veces los chicos llegan a la primera hora con un mate cocido tibio y una factura que no alcanza. Los especialistas coinciden en que cualquier avance, por chico que parezca, suma. Empezar por tener una fruta lavada en la heladera o un huevo duro listo para partir al medio puede ser el primer paso para que la costumbre se sostenga. Nosotros, mientras tanto, esperamos que en las aulas empiece a notarse ese cambio y que la pelea de las siete de la mañana encuentre, de a poco, una aliada en la mesada de la cocina.

LH
Ludmila HudymaSociedad y vida

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