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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Lo que dice un mensaje y lo que inventamos alrededor: dos psicólogas marcan el camino para desactivar la desconfianza

Una respuesta corta o demorada puede no ser más que eso, y aun así disparar un ciclón interno que termina en discusión. Marina Mammoliti y Karina Carreño explican de dónde sale esa lectura sobredimensionada y qué herramientas concretas recomiendan para volver a los hechos y hablar sin inventar intenciones.

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Belén SosaAmbiente y comunidades · · lectura 4 min
Lo que dice un mensaje y lo que inventamos alrededor: dos psicólogas marcan el camino para desactivar la desconfianza

La pantalla del teléfono muestra apenas unas pocas palabras, o un visto y nada más, y en el cuerpo ya empezó a rodar una película completa: se enfría la sangre, se aceleran las pulsaciones y aparece la sospecha de que la otra persona está enojada, distante o, directamente, perdiendo interés. Esa transición rapidísima entre un dato observable y una historia emocional que lo excede es, justamente, el terreno que describen Marina Mammoliti y Karina Carreño, las dos psicólogas consultadas por este portal para entender por qué un intercambio mínimo puede convertirse en motivo de conflicto en la pareja.

Un hecho y una suposición, que no son lo mismo

Carreño, neuropsicóloga, insiste en dar el primer paso antes de responder cualquier mensaje que genere malestar: distinguir qué pasó de qué significado le estamos adjudicando. Que la pareja haya contestado con una frase seca es un hecho comprobable; que esté molesta es, en cambio, una interpretación. Esa diferencia no es un detalle semántico: es el punto donde se decide si la conversación sigue por carriles racionales o se desbarranca hacia un conflicto fabricado. La especialista propone trabajar sobre esa distinción, regular la ansiedad que aparece en el intervalo y, en lugar de completar el casillero vacío con una intención ajena, abrir la pregunta de manera directa.

“Preguntar ayuda a disminuir la incertidumbre y la reacción de alerta. No siempre es posible tener una explicación en el momento en que aparece la inquietud, y eso también hay que aprender a transitarlo.”Karina Carreño, neuropsicóloga

La sugerencia de Carreño incluye un aprendizaje que suele resistirse: convivir con respuestas que no llegan en el instante. Esa tolerancia a la demora es, en los hechos, una de las pruebas más exigentes para quien tiende a interpretar, porque el silencio momentáneo alimenta la sospecha hasta que aparezca un dato nuevo que la confirme o la desmienta.

Atender la propia emoción antes de leer la del otro

Mammoliti, psicóloga, suma una recomendación complementaria que corre el foco del otro hacia adentro: en lugar de intentar descifrar qué siente la pareja, mirar qué nos está pasando a nosotros frente a ese mensaje corto, ese visto tardío o ese silencio. Mammoliti plantea que ese cambio de atención forma parte de cualquier estrategia para interrumpir la cadena interpretativa y volver a una conversación donde la información fluya en vez de conjeturarse.

  • Diferenciar el hecho de la interpretación antes de responder un mensaje que incomoda.
  • Identificar la emoción propia que aparece frente a la respuesta del otro, en lugar de adivinar la suya.
  • Formular el malestar con preguntas directas, en vez de dar por cierta una intención no confirmada.
  • Aceptar que la respuesta puede no llegar en el momento y tolerar esa espera sin llenarla de hipótesis.
  • Volver a los hechos comprobables cuando la discusión arranque desde una suposición.

Por qué el cerebro completa lo que no sabe

La explicación que ofrece Carreño sobre el origen del fenómeno es directa: cuando falta información sobre los pensamientos o sentimientos de la otra persona, el cerebro intenta anticiparlos, y para hacerlo recurre a un archivo siempre disponible, el de las experiencias anteriores, los temores y las inseguridades propias. Así, una demora en contestar queda asociada con una pérdida de interés, aunque no haya un solo elemento que permita sostener esa equivalencia. Mammoliti coincide en que las experiencias dolorosas condicionan la lectura: una tarde en la que la pareja pide estar sola puede ser leída como indiferencia si en el historial emocional de quien interpreta pesa el miedo al abandono; la inseguridad, la baja autoestima y los antecedentes de infidelidad funcionan como combustible extra para la búsqueda de confirmaciones y, en los casos más agudos, para el intento de controlar al comportamiento ajeno.

El verdadero deterioro aparece, según Carreño, cuando esas conjeturas empiezan a dirigir las respuestas: discusiones por situaciones imaginadas, pedidos reiterados de seguridad que erosionan la confianza y un clima donde cada intercambio se lee bajo sospecha. La propuesta compartida por ambas especialistas es, en ese punto, bastante terrenal: regresar a los hechos, abrir el diálogo antes de que la historia inventada se cristalice y preguntarse, mientras tanto, qué emoción estamos leyendo en una pantalla que no devuelve, por sí misma, ni el tono ni la intención que le atribuimos. La pregunta queda abierta para cualquiera que haya discutido alguna vez por un mensaje que, sobre el papel, no decía tanto.

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Belén SosaAmbiente y comunidades

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