Manu Fanego todavía golpea las tablas antes de cada función, como le enseñó su viejo
A dos años de la muerte de Daniel Fanego, su hijo abrió el álbum familiar, recordó una obra compartida en Teatro por la Identidad y contó el ritual que repite cada noche de estreno.
Le gustaba decir que el escenario hay que tratarlo con respeto, y por eso antes de salir a escena le pegaba un golpecito con el pie a las tablas del piso. Esa costumbre, que aprendí mirándolo a él durante años, es la manera que encontré para saludarlo en cada función desde que se fue. Lo escribió Manu Fanego en sus redes al cumplirse dos años de la muerte de su padre, Daniel Fanego, y la frase resume bastante bien el vínculo entre los dos: un oficio compartido, una forma de pisar el escenario y un montón de recuerdos que todavía aparecen cada vez que se levanta el telón.
Daniel Fanego murió el 19 de septiembre de 2024, a los 69 años, en su casa y rodeado de familiares y amigos. Su hijo, que es parte de la misma troupe desde chico, eligió pasar el aniversario armando un álbum con fotos viejas y contando anécdotas de la vida familiar. En el medio del recorrido hubo un anuncio chiquito pero sentido: ese mismo día iba a almorzar con su hermana Camila para charlar un rato largo y recordar al viejo, como se hace en estas fechas, con un plato de por medio y la conversación que se estira.
El vuelo compartido en Teatro por la Identidad
Hubo un trabajo en particular que los unió de manera muy fuerte, y fue en 2012, cuando padre e hijo de El vuelo del Cóndor, una obra dentro del ciclo Teatro por la Identidad. Ahí les tocó meterse en la piel de Pablo Podestá, el actor y director que fue clave en el teatro argentino de principios del siglo XX. Manu lo contó en otra oportunidad, por el Día del Padre, y lo definió como una experiencia única, de esas que aparecen una sola vez en la vida y que después uno lleva guardadas como un tesoro.
“Cada día siento más amor y agradecimiento por haberlo tenido como papá.”Manu Fanego
El Día de la Bandera con bigotes de talco
Antes de ser actores profesionales, los dos jugaban a serlo en la casa y en el colegio. Manu contó una anécdota de cuando estaba en la primaria y le tocó actuar en una presentación por el Día de la Bandera. Su padre lo ayudó a preparar el personaje, a ensayar el texto y a resolver la caracterización, que en esa época se hacía con lo que había a mano: talco para simular las canas y bigotes postizos. También recordó el olor penetrante del mastik, el adhesivo que se usa en el maquillaje teatral para pegar pelucas, barbas y demás, y que para cualquiera que haya pisado un camarín es un perfume que remite directo a la infancia.
Las fotos que Manu eligió para el homenaje recorren toda la vida en familia. Está el abrazo de Daniel con Manu cuando era chico, una imagen del actor con sus propios hijos y otra de padre e hijo juntos frente al mar, con esa luz que siempre tienen las fotos de vacaciones. El recorrido termina con un retrato tomado poco antes del fallecimiento, de esas imágenes que uno mira un tiempo después y recién ahí termina de entender el peso que tienen.
Daniel Fanego dejó una trayectoria larga en teatro, cine y televisión, con títulos como El marginal, El reino, Resistiré, Luna de Avellaneda y El Ángel, entre otros. Pero este homenaje fue por el lado más personal: el del padre que enseñaba a golpear las tablas, el que ayudaba a preparar un acto escolar con bigotes de talco y el que un día, en una obra de Teatro por la Identidad, se subió a un escenario al lado de su hijo para contar una historia que les dolía a los dos. Por eso el ritual sigue vigente: cada noche de función, un golpe seco al piso, como un hola y un hasta siempre al mismo tiempo. ¿Y vos, qué trabajo de Daniel Fanego recordás especialmente?
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