Más allá de la espuma: por qué tapar un agujero no siempre alcanza para frenar a los roedores
Un responsable técnico de una empresa de control de plagas repasa los selladores que funcionan, los errores domésticos que abren la puerta a una infestación y el procedimiento seguro para retirar excrementos sin levantar polvo contaminado, un riesgo que la mayoría de las personas ignora por completo.
En una cocina cualquiera de un departamento porteño, el zócalo tiene un agujero del tamaño de una moneda. La dueña de casa lo tapó con espuma de poliuretano y se quedó tranquila. A las tres semanas, la espuma estaba roída y volvía a verse el conducto que comunica con el entrepiso. La imagen, que se repite en innumerable cantidad de hogares del Área Metropolitana de Buenos Aires, sirve para ilustrar un problema más amplio: la mayoría de las personas cree que cerrar una abertura resuelve la cuestión, cuando en realidad apenas la disfraza, según explica un responsable técnico de una empresa de control de plagas consultado para esta nota.
Por qué la espuma sola no alcanza
La espuma de poliuretano es el sellador más usado para tapar agujeros en paredes, zócalos y conductos que comunican con el exterior. Es barata, fácil de conseguir y se expande hasta cubrir la oquedad. Tiene, sin embargo, una limitación concreta que pocos tienen en cuenta: los roedores pueden roerla. Para que el cierre sea efectivo, el material debe combinarse con malla metálica o lana de acero antes de aplicar la masilla. Sin esa barrera física previa, el trabajo queda a medias y los roedores recuperan el paso en cuestión de días.
Las entradas que no se ven
Además de los agujeros visibles, hay puntos de ingreso que suelen ignorarse en la rutina diaria. Los burletes deteriorados bajo las puertas son una vía frecuente, igual que la vegetación pegada a la fachada, las cajas de cartón apiladas en depósitos y las pequeñas fugas de agua que cualquier plomero podría reparar en una visita. Los alimentos de mascotas que quedan al alcance durante la noche también funcionan como atractivo. Una vivienda ordenada y limpia puede tener una infestación si alguno de esos accesos queda abierto.
Los remedios caseros que circulan en redes sociales no ofrecen resultados duraderos. La menta y el vinagre no repelen de forma sostenida; los dispositivos de ultrasonido no atraviesan paredes ni muebles y los roedores pueden acostumbrarse al estímulo sonoro con el paso de las semanas. Las trampas de resorte pueden capturar un ejemplar aislado, pero no controlan una infestación. Las trampas adhesivas, en tanto, generan sufrimiento innecesario sin resolver el foco. Ninguna de estas alternativas reemplaza la tarea central, que consiste en localizar y cerrar los puntos de entrada.
Cómo limpiar excrementos sin riesgo
Una vez que hay rastros de roedores en un ambiente, la limpieza requiere un procedimiento específico que la mayoría de los manuales hogareños no detalla. El primer paso es ventilar el ambiente durante al menos treinta minutos antes de ingresar al sitio contaminado. Luego hay que colocarse guantes descartables y protección para las vías respiratorias, humedecer los excrementos con un desinfectante apropiado, esperar que el producto actúe y retirarlos con papel absorbente, sin contacto directo. Lo que no debe hacerse bajo ningún concepto es barrer en seco ni usar aspiradora: ambas acciones levantan polvo con partículas potencialmente infecciosas que se inhalan sin notarlo y que pueden derivar en enfermedades transmitidas por la orina, los excrementos y las mordeduras, además de la introducción de parásitos como pulgas, garrapatas y ácaros. Si los rastros se repiten o se sospecha que el foco está en la red de alcantarillado, lo recomendable es recurrir a un servicio profesional de control de plagas. ¿Cuántos hogares argentinos conocen este procedimiento antes de encontrar la primera manchita en un placard?
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