Por qué nos cuesta decir que no: cuando el silencio propio termina doliendo en el cuerpo
Ansiedad, resentimiento acumulado y síntomas físicos como dolores e insomnio son algunas de las consecuencias de no poder poner límites. Tampoco alcanza con no tolerar los del otro. La buena noticia es que se construye desde la infancia y, por lo tanto, se puede revisar de grandes.
Me llama la atención, acá en el sur, cada vez que una vecina del barrio Los Álamos, Marta, me cuenta que vuelve agotada de ayudar a su hermana con los turnos médicos, los trámites del padre y hasta la crianza de los sobrinos. No es el cuerpo el que le duele: es el fastidio de no haber dicho que no, una y otra vez, durante años. La psicóloga que la atiende se lo dijo claro: a veces el cuerpo termina poniendo los límites que la persona nunca se animó a poner con palabras. Esa frase me quedó rebotando varios días, porque resume algo que vemos todo el tiempo en los consultorios y en las mesas familiares: la enorme dificultad que tenemos para decir que no, y el precio concreto que pagamos cuando no lo decimos.
Porque no se trata de un capricho ni de una moda. El límite empieza a formarse desde los primeros meses de vida. El bebé necesita que alguien lo ponga, ya que sin un afuera que contenga no hay psiquismo posible. El pecho que no siempre está, el "no" ante el peligro, la espera antes de la satisfacción: todo eso, vivido en el momento como frustración, es lo que después permite construir la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad. El límite, mirado de cerca, no es lo contrario del amor: es una de sus formas más concretas.
Dos patrones que vemos todo el tiempo
Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos patrones opuestos y muy frecuentes. El primero es el de quien no puede poner límites. Suele ser alguien que aprendió, temprano, que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande, acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos y los vemos seguido: cuadros de ansiedad, un resentimiento que se acumula de a poco y un cansancio que ningún descanso alcanza a resolver, porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo empieza a poner los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen justo donde la palabra no llegó.
El segundo patrón es el de quien no tolera el límite ajeno. Para esa persona, cualquier "no" se vive como una ofensa o un desafío. Esa posición puede parecer fortaleza, pero responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones, con el tiempo, tienden a organizarse alrededor de su voluntad y eso, a mediano plazo, las termina vaciando.
El punto intermedio, que no es sumisión ni imposición
- La capacidad de decir que no sin sentir culpa inmediata.
- La capacidad de escuchar un no ajeno sin tomarlo como una amenaza.
- Llegar a ese punto tiene un costo real: implica arriesgar el vínculo con alguien de quien uno depende, afectiva o económicamente.
- Ese costo suele ser menor que las alternativas, que son el resentimiento acumulado, el insomnio o los síntomas físicos sin causa clara.
- Lo más importante es que esto no es un rasgo de carácter fijo e inmodificable. Se construyó en un momento de la infancia y, cuando no se construyó bien, puede revisarse en un tratamiento adecuado.
Nosotros, como sociedad, solemos confundir amabilidad con la ausencia de límites, y confundimos firmeza con la falta de tolerancia hacia el otro. Las dos confusiones hacen ruido y dejan huellas. Por eso me parece importante repetirlo: poner un límite no es traicionar al otro, es empezar a cuidar la relación desde un lugar más honesto. Y no tolerar el límite ajeno tampoco es ser fuerte: muchas veces es estar pidiendo, sin saberlo, que el otro se banque lo que uno no puede bancarse a sí mismo.
Lo que Marta espera, y lo que esperamos muchos de nosotros, es que en algún momento el cuerpo deje de tener que hablar por nosotros. Que la palabra alcance. Que un "hasta acá" dicho a tiempo nos ahorre años de ansiedad, de insomnio y de resentimiento acumulado. Y que, del otro lado, un "no" ajeno deje de sentirse como un ataque y empiece a sentirse, simplemente, como lo que es: alguien que también está cuidándose.
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