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VIE, 16 OCT 2026
Economía

Siete de cada diez prendas que se venden en la Argentina vienen del exterior y las fábricas textile trabajan a menos de la mitad de su capacidad

Un informe de la Fundación Pro Tejer muestra que las importaciones explican el 70% del mercado, la producción local cayó 24,4% en el primer semestre y seis de cada diez máquinas están paradas. La industria denuncia subfacturación y competencia desleal de plataformas internacionales.

OM
Oksana MelnikCampo y yerba · · lectura 3 min
Siete de cada diez prendas que se venden en la Argentina vienen del exterior y las fábricas textile trabajan a menos de la mitad de su capacidad

El mercado textil argentino dejó de ser aquel en el que la producción nacional y las importaciones se repartían el abastecimiento en partes iguales y mutó, en apenas dos años, hacia un escenario donde cerca del 70% de lo que se consume en el país llega desde afuera. La radiografía corresponde al primer semestre del año y fue elaborada por la Fundación Pro Tejer, que relevó el ingreso de 177.356 toneladas de productos textiles e indumentaria por un valor total de 911 millones de dólares. En términos agregados, las cantidades cayeron 20% respecto al mismo período de 2025 y los valores retrocedieron 5%, pero esa merma esconde un desplazamiento de fondo que reconfiguró toda la cadena.

Los primeros eslabones fueron los más golpeados

Las importaciones de materias primas bajaron 33%, las de hilados se desplomaron 43%, los tejidos planos retrocedieron 52% y los tejidos de punto cayeron 34%. Pro Tejer atribuye esa contracción al exceso de oferta acumulada en el mercado local y a la menor actividad de las fábricas, que dejaron de comprar insumos porque producen cada vez menos. Es decir, el retroceso de los primeros eslabones no respondió a una decisión empresaria de sustituir importaciones, sino a la parálisis misma del sector, que ya no demanda lo que antes necesitaba para funcionar.

En el otro extremo, la ropa terminada tocó un récord histórico

Mientras la industria se apagaba, las importaciones de indumentaria crecieron 62% en toneladas y 36% en dólares, y las confecciones para el hogar —sábanas, toallas, cortinas— subieron 26% en toneladas y 7% en dólares. El fenómeno describe con precisión la lógica del nuevo esquema: se traen cada vez más productos listos para colgar en una percha y cada vez menos insumos para fabricar en el país, lo que condena a las usinas nacionales a producir por debajo de su capacidad o a detener directamente sus líneas.

La consecuencia más visible se mide en las plantas: la producción textil local cayó 24,4% en el primer semestre respecto a 2025 y 34% frente a 2023, mientras que el uso de la capacidad instalada se ubicó en 39%, es decir, seis de cada diez máquinas detenidas en las fábricas del sector. No se trata de un ajuste temporario por caída estacional de la demanda, sino de un cuadro estructural que ya lleva dos años profundizándose y que pone en riesgo miles de puestos de trabajo directos en un rubro intensivo en mano de obra.

La denuncia del sector: subfacturación y plataformas que no pagan aranceles

La Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA) fue más allá del diagnóstico estadístico y apuntó contra dos mecanismos que, según la entidad, explican buena parte del avance importador. En primer lugar, la subfacturación: más del 70% de los productos textileros ingresaría al territorio argentino a valores declarados inferiores a los antecedentes del rubro, en muchos casos por debajo del costo de la propia materia prima, lo que infla artificialmente la competitividad de la mercadería extranjera. En segundo lugar, la competencia de las plataformas internacionales de venta directa, que operan sin pagar aranceles y ofrecen ropa a precios con los que la industria local no puede competir en igualdad de condiciones.

“Reclamamos el cumplimiento de la normativa vigente de comercio exterior y el restablecimiento de condiciones de competencia igualitarias para la industria local.”Federación de Industrias Textiles Argentinas (FITA)

El cuadro combina, entonces, una industria que se contrae, un mercado interno que se llena de mercadería importada y un Estado que, según los fabricantes, no controla con la firmeza necesaria el ingreso de productos subvaluados o de plataformas que evaden tributos. Frente a este escenario, la pregunta que sobrevuela la cadena textil es la misma de siempre pero más urgente que nunca: si el precio final de la prenda que el consumidor paga en la góndola no se reparte de manera equitativa entre quienes la fabrican, quienes la importan y quienes la venden, quién se está quedando con la diferencia.

OM
Oksana MelnikCampo y yerba

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