Una cena que ya no es la misma: cómo Olivia Wilde reescribe "Sentimental" sin traicionarla
La directora toma el mismo punto de partida que la película de Cesc Gay —una pareja atrapada en una velada que se descontrola— y lo lleva hacia un lugar más íntimo, más ambiguo y, sobre todo, más humano. Una revisión que no copia ni descarta: que reinventa.
A mí siempre me quedó dando vueltas una frase que le escuché decir a una abuela de la colonia cuando hablaba de las reuniones familiares: "Mirá, yo no voy a pelearme con nadie, pero como me sienten en una mesa y me dejan hablar, se van a enterar de todo lo que pienso". Cada vez que arranca una película de cenas —de esas donde confluyen parejas que ya no se bancan, vecinos que aparecen en el peor momento y algún plato que se quema—, la cita vuelve inevitable. Y volvió a mí cuando terminé de ver "La invitación", la nueva versión que Olivia Wilde hizo de "Sentimental", el filme que el catalán Cesc Gay estrenó en 2020 y que aquí en Argentina seguimos recordando como esa comedia incómoda que se iba volviendo, sin avisar, un drama con muy mala leche. Wilde toma lo mismo y arma otra cosa: ni una copia ni un rechazo, sino una relectura que, a mi entender, sale fortalecida justamente por lo que se anima a cambiar.
El galpón antes que el espectáculo: el departamento como personaje
Antes de hablar de la película en sí, me parece importante detenerme en el espacio, porque acá el escenario hace casi todo el trabajo. En "Sentimental", el departamento donde se desarrolla la cena tenía una impronta muy teatral: cámara más estática, planos más cortos, una sensación de obra de cámara que reforzaba ese tono de comedia contenida que tenía el original. En "La invitación", en cambio, Wilde le saca el corset a la puesta: la cámara recorre los pasillos, sigue a los personajes hasta la cocina, se cuela por el balcón y vuelve al living con libertad. Los actores tienen aire para moverse dentro del encuadre y eso, que parece un detalle técnico, termina cambiando por completo el ritmo de la velada. La noche se siente menos como una función y más como algo que efectivamente te puede pasar un jueves cualquiera, en casa de unos vecinos a los que conociste el mes pasado.
Las canciones que suenan adentro de la pareja
Los cambios más importantes, sin embargo, no están en la cámara sino en la carne de los personajes. La propia Wilde interpreta a la mujer de la pareja protagonista y le agrega capas que en el original directamente no estaban: hay referencias a una carrera artística que abandonó hace tiempo, hay gestos cotidianos —la forma en que agarra una copa, cómo mira el teléfono, cómo se cruza de brazos cuando se ríe— que van armando un carácter mucho más sólido. El personaje de Edward Norton también recibe pasado: se explica de dónde viene esa actitud suya tan despreocupada, tan de "yo estoy bien con lo que me toca", y eso le da densidad. Pero el punto donde la película se diferencia de verdad, el mojón que le cambia el signo, llega cuando se revela que la pareja que forman Norton y Penélope Cruz sostiene una relación poliamorosa. En "Sentimental" esa revelación funcionaba como un baldazo de agua fría: generaba rechazo, incomodidad, una mezcla de asco y perplejidad. En "La invitación" no. Acá el personaje que interpreta Seth Rogen reacciona con curiosidad mezclada con inseguridad, se lo ve más perdido que escandalizado, y eso vuelve muchísimo más visible la fractura interna del matrimonio protagonista. La grieta deja de estar sólo en el guion y pasa a habitar la cara del actor.
El tramo final: la comedia se hace un lío y aparece el piano
Ese cambio de mirada sostiene, sobre el final, un giro de tono que a mí me pareció lo mejor de toda la película. La comedia que había venido funcionando con humor filoso va cediéndole el paso a un drama más reflexivo, más callado, más adulto. Y el cierre es completamente distinto al original: en "Sentimental" terminábamos en una escena de sexo que parecía cerrar, a los ponchazos, una reconciliación casi mecánica. En "La invitación", nada de eso. El cierre es más discreto, más triste, más lindo también: Rogen retoma el piano que había dejado abandonado mucho antes —un detalle que en el original quedaba casi como un chiste— y Wilde se sienta a tocar junto a él. Los dos tocan sin decir una sola palabra. La imagen es emocionalmente más cargada que cualquier encuentro sexual, y al mismo tiempo está deliberadamente abierta sobre lo que ese momento significa para los dos: ¿es reconstrucción? ¿es despedida? ¿es costumbre? ¿es amor que ya no sabe cómo decirse? Ahí, justamente ahí, es donde "La invitación" deja de parecerse a su película madre y se convierte en otra cosa, con su propio pulso y con su propia duda.
- La versión de Olivia Wilde conserva el esqueleto argumental de "Sentimental" (la cena, los vecinos, la sesión con la psicóloga, la vecina en la ventana) pero lo trabaja con una cámara más suelta y un ritmo menos teatral.
- Los personajes suman pasado y matices: la protagonista gana una carrera artística abandonada; el personaje de Edward Norton recibe una explicación para su aparente desinterés.
- La revelación poliamorosa deja de generar rechazo y pasa a provocar curiosidad e inseguridad, lo que hace más visible la fractura del matrimonio central.
- El tramo final cambia el tono de comedia a drama reflexivo y reemplaza el sexo reconciliador del original por una escena compartida al piano, emocionalmente más intensa y deliberadamente ambigua.
A mí, personalmente, esa ambigüedad en el cierre me sumó. Y creo que le suma fuerza a la película, porque la deja respirando: no cierra la historia, la deja viva, y delega en el espectador la decisión de qué fue esa noche. Una cosa sí quiero dejar clara: no estoy diciendo que "La invitación" sea mejor que "Sentimental" —son films que apuntan a cosas distintas y se bancan esa diferencia—, pero sí que la versión de Wilde se anima a tomar riesgos que el original ni se planteaba, y que esos riesgos son los que terminan dándole una identidad propia. Si te copa el cine de cenas, de parejas que se dicen todo sin hablar y de departamentos donde la luz de la cocina termina contando más que cualquier diálogo, "La invitación" es esa rareza que aparece cada tanto: una remake que no se conforma con parecerse a lo que vino antes.
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