Una vuelta a Cataluña en cinco tramos: del mar a la montaña, con el auto como único requisito
El Grand Tour propone un circuito de 2.000 kilómetros con inicio y final en Barcelona, pensado para que cada viajero recorte el itinerario según sus tiempos y sus ganas de playa, monasterios, viñedos o cielo estrellado.
Desde el rompeolas de la Barceloneta, donde el Mediterráneo todavía lame los pilares del viejo puerto, hasta los valles pirenaicos donde el agua baja tan fría que corta los labios, Cataluña se ofrece como un solo itinerario de unos 2.000 kilómetros que empieza y termina en la misma ciudad. La propuesta se conoce como Grand Tour y está dividida en cinco tramos, aunque la idea central es bien terrenal: cada viajero toma el mapa, elige uno o dos sectores y decide cuánto quiere caminar, comer o quedarse mirando un viñedo al atardecer.
Las distancias sirven como primera guía. Entre Barcelona y Tarragona se suman 462 kilómetros, con escalas posibles en Sitges —su paseo marítimo y el museo Maricel— y en Cambrils, donde todavía salen catamaranes y el suquet de romesco se sirve en ollas de hierro sobre el puerto. Reus, a pocos kilómetros, completa la pausa con una ruta modernista de 26 edificios y una tradición vermutera que sobrevive en bares de mostrador de mármol. El tramo siguiente, de Tarragona a Lleida, cubre 418 kilómetros y deja atrás la costa para internarse en el interior, donde la Ruta del Císter enlaza los monasterios de Santes Creus, Poblet y Vallbona de les Monges.
Patrimonio romano y monasterios a la sombra de Barcelona
Tarragona conserva murallas, un anfiteatro que mira al mar y otros restos de la antigua Tarraco romana, Patrimonio de la Humanidad. Cerca de la capital catalana, Santa Coloma de Cervelló guarda la Colonia Güell, una de las obras menos visitadas de Gaudí, y Montserrat se impone con su monasterio a 720 metros de altura, con servicios de comida y alojamiento para quienes decidan hacer noche entre peñascos.
Pirineos: agua, piedra y estrellas
El tercer tramo, de Lleida a La Seu d'Urgell, marca el ingreso a la montaña. El cuarto, hasta Figueres, concentra algunas de las postales más fuertes del recorrido: el Congost de Mont-rebei, que puede navegarse en kayak entre paredes de varios cientos de metros, y el Valle de Boí, donde ocho iglesias y una ermita románicas están declaradas Patrimonio Mundial. Desde allí se accede al Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici, un área de más de 40.000 hectáreas donde lagos de origen glaciar se alternan con praderas y bosques de pino negro. Quienes prefieran mirar hacia arriba pueden acercarse al Parque Astronómico del Montsec, en una zona reconocida por la calidad de su cielo nocturno, mientras que en Pallars Sobirà el río Noguera Pallaresa ofrece descensos en balsa sobre aguas que en primavera bajan turbias por el deshielo. El Ecomuseo de los Valles de Àneu completa la jornada con viviendas y objetos que reconstruyen la vida familiar de comienzos del siglo XX.
El quinto tramo devuelve al viajero hacia Barcelona por la costa, ya con el Mediterráneo como compañía permanente. Ahí aparecen los viñedos del Empordà, pueblos blancos encaramados sobre calas y una luz que cambia de color cada hora. Lo que el folleto presenta como una ruta completa admite, en la práctica, una versión más corta: quien solo disponga de una semana puede limitarse a la costa y los monasterios, mientras que el que busque montaña podrá concentrarse en los dos tramos pirenaicos y olvidarse, por unos días, del ruido del rompeolas. La pregunta queda abierta: ¿alcanza con unos pocos tramos para conocer Cataluña, o hay algo del viaje que solo aparece cuando se completan los 2.000 kilómetros de una sola vez?
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