Vivir la vida propia: las dos preguntas que cortan el ruido de los mandatos ajenos
Un filósofo de la Universidad de Emory propone un ejercicio breve para distinguir lo que uno quiere de lo que le dijeron que debía querer. La ciencia, mientras tanto, empieza a mostrar que perseguir metas alineadas con los valores personales no solo rinde más: también se vive mejor.
Acá en el sur, en cualquier café de barrio, uno escucha la misma escena de siempre: un amigo que duda entre aceptar un puesto mejor pago o quedarse donde lo conocen, una vecina que se pregunta si mandar a su hija a la facultad que ella soñó o a la que la chica eligió. Son decisiones que parecen grandes y, a la vez, repetidas. Lo que cuesta admitir es que muchas de esas elecciones no se toman desde adentro, sino desde un molde que alguien fabricó antes: los padres, los amigos, el barrio, la época. Por eso me pareció interesante detenerme en lo que dice Ira Bedzow, doctor en Filosofía y director ejecutivo del Emory Purpose Project, una iniciativa de la Universidad de Emory, en Atlanta, que trabaja sobre propósito de vida.
Dos preguntas que incomodan
Bedzow propone un ejercicio que parece simple y no lo es. La primera pregunta es "¿de quién es la vida que estás viviendo?", y suele tener una respuesta rápida, casi refleja. La segunda es "¿quién debería determinar cómo vivís?", y esa ya pincha, porque obliga a mirar de frente algo que preferimos dejar tapado: que el rumbo no lo fija nadie desde afuera, aunque a veces lo parezca.
“Es más fácil conocer el camino correcto que se supone que debés tomar que pensar que debés inventar ese camino por vos mismo.”Ira Bedzow, doctor en Filosofía y profesor de la Escuela de Medicina de la Universidad de Emory
La clave, según el filósofo, no es aislarse ni desoír a los demás. Recibir el punto de vista de un colega sobre una oferta de trabajo o escuchar a un amigo que cuestiona una idea fija sobre una pareja puede abrir los ojos. La diferencia está en quién aprieta el botón final y con qué criterios. Ahí es donde se separan las dos cosas: por un lado, los aportes genuinos que llegan de afuera; por el otro, los mandatos que heredamos sin auditar. Bedzow lo dice con una frase que me parece muy de esta época: no es lo mismo aceptar una perspectiva externa que entregarle el control.
Lo que dice la ciencia sobre elegir lo propio
Un metanálisis de Sezer y colaboradores, que reúne estudios sobre motivación y metas, encontró que las personas que persiguen objetivos alineados con sus propios valores e intereses tienden a esforzarse más, a avanzar más y a registrar mayor bienestar. El contraste aparece con quienes orientan sus decisiones por expectativas parentales, presión de estatus o miedo a la culpa. En criollo: lo que uno elige desde adentro pesa más, dura más y rinde más, aunque al principio dé más trabajo.
Bedzow aclara que la autorreflexión que él propone no es mirarse el ombligo. Es examinar las razones por las que uno elige lo que elige, probar alternativas y aprender de los resultados, incluso de los errores. Practicarlo en decisiones chicas, cotidianas, entrena el criterio para cuando las apuestas son grandes. La filósofa Susan Wolf, citada por el propio Bedzow, aporta un ángulo complementario: el sentido de la vida no nace solo del deseo individual, sino de comprometerse con algo que sea genuinamente valioso. Es decir, no alcanza con querer: hay que preguntarse si lo que uno quiere vale la pena quererlo.
Me quedo pensando en Marta, una vecina del barrio Belgrano que me cruzó el otro día en la verdulería y me contó, mientras elegía zapallitos, que a los veinte estudió Derecho porque su padre era abogado y a los cincuenta empezó a pintar, que es lo que siempre quiso hacer. No reniega de la carrera, dice, pero entiende que tardó décadas en responder la segunda pregunta de Bedzow. Ahora dice que pinta mal y que duerme bien, y que eso le alcanza. Cada uno sabrá cuándo le toca hacer el ejercicio. Lo que Bedzow deja claro es que no hacerlo también es una decisión, y suele ser la que más se termina lamentando. Como él mismo lo dice, la comodidad de seguir el camino que se supone correcto puede terminar costando la vida que uno, en realidad, quería vivir. Por eso, antes de tomar la próxima decisión importante, vale la pena sentarse cinco minutos y hacerse esas dos preguntas. La segunda, sobre todo, es la que cambia todo.
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