El debut soñado de Toto Ferro llega a Buenos Aires con la sombra luminosa de Lucas Vignale
Después de pasar por la Berlinale, San Sebastián, el BAFICI y Nueva York, El tren fluvial se instala en la Sala Leopoldo Lugones y en el Malba con su historia de un nene que quiere conocer Buenos Aires. Una película hecha a cuatro manos que ahora viaja con una sola.
Me acuerdo de cuando mi abuela me llevaba al cine de la esquina y me decía que las buenas películas son como los trenes viejos: pasan una vez, hay que subirse a tiempo y no mirar tanto hacia atrás. Algo de ese espíritu tiene El tren fluvial, la película que Lorenzo Toto Ferro y Lucas Vignale escribieron y dirigieron juntos, y que después de recorrer medio mundo por fin se deja ver en Buenos Aires, con funciones desde el 8 de octubre en la Sala Leopoldo Lugones y desde el 10 en el Malba. Es el debut de Ferro como director de largometrajes, un paso enorme que llega teñido por la noticia más triste: Vignale murió el 14 de junio, a los 28 años, en un choque de dos helicópteros en Río de Janeiro, apenas después de acompañar la proyección en Nueva York.
Un nene, un malambo y un tren con ventanilla a Buenos Aires
Antes que la pantalla, la película empieza en un pueblo: General Madariaga, donde los realizadores conocieron a Milo Barría mientras trabajaban en otro proyecto. Tenía ocho años, bailaba malambo y, según contó Ferro, acercó una idea sobre los trenes que terminó adentro del guion. De ese cruce nació Milo, el protagonista de la historia, un chico de nueve años que practica malambo y carga con las expectativas familiares sobre su carrera como bailarín, aunque lo que de verdad quiere es subirse a un tren y conocer Buenos Aires, una ciudad que solo conoce por las películas. Para cumplir ese deseo, decide viajar solo. A Milo Barría lo acompañan en el elenco Rita Pauls, Mariano Barría y Fabián Casas, entre otros.
“Para mí, seguir exhibiéndola es una manera de mantener vivo algo de lo que fue Lucas.”Toto Ferro
La película tuvo su estreno mundial en Perspectives, una sección de la Berlinale, y después pasó por el Festival Internacional de Cine de Uruguay, por New Directors/New Films (organizado por el MoMA y Film at Lincoln Center en Nueva York), por la competencia internacional del BAFICI —donde se llevó una mención especial de FEISAL— y por Horizontes Latinos, en San Sebastián. Antes de llegar a las salas porteñas, el público argentino que la vio fue sobre todo el de los festivales, y ahora tiene la posibilidad de verla en pantalla grande, en dos espacios que ya son parte del paisaje cultural de la ciudad.
La Lugones y el Malba, dos salas para una misma película
La Sala Leopoldo Lugones, adentro del Teatro San Martín, es de esos cines donde uno se siente chico aunque esté rodeado de desconocidos: butacas de pasillo amplio, paredes con afiches viejos y esa acústica que hace que hasta un susurro en la pantalla parezca dicho al oído. El Malba, en cambio, propone otra experiencia: pantalla enorme, butacas mullidas y un lobby donde después de la función uno se queda charlando como si la película siguiera pasando del otro lado de la puerta. Las dos opciones tienen su miga, y las dos sirven para una historia que mezcla descubrimiento, infancia y esa Buenos Aires un poco de película que todos llevamos adentro.
DÓNDE, CUÁNDO Y QUÉ SE COME
Si la ven en la Lugones, aprovechen que están a una cuadra de la calle Corrientes ydense con un café con leche y unas medialunas en la confitería del San Martín, o bajen hasta una pizzería de la calle Uruguay para comer una muzza de paso antes de la función. Si la ven en el Malba, lo más lindo es quedarse en el restaurante del museo, pedir algo simple y dejar que la película siga trabajando en la mesa. Y si todavía tienen hambre de cine, vuelvan al día siguiente: en estos casos, las películas que se hacen querer son las que uno necesita ver dos veces, como un tren que pasa y vuelve a pasar, siempre con la ventanilla abierta a una ciudad nueva.
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