La bola negra que Lorca no llegó a tirar: Calvo y Ambrossi se animaron a completar la partida
Los directores españoles imaginaron un desenlace posible para el manuscrito inconcluso del poeta, a partir de sus cartas, sus personajes previstos y los recuerdos de quienes lo escucharon hablar de la obra. Una película que nace de apenas cuatro páginas y se atreve a preguntar qué hubiera pasado.
Yo te digo, como me decía mi abuela cuando alguien dejaba algo a medias en la mesa: 'Mientras haya ganas de volver, no está perdido'. Algo de eso parece haber guiado a Javier Calvo y Javier Ambrossi cuando se toparon con La bola negra, un manuscrito diminuto, de apenas cuatro páginas, que Federico García Lorca alcanzó a escribir antes de que su vida —y la de media España— quedara truncada en aquel agosto terrible de 1936. Lo que tenía que ser una pieza teatral se quedó en borrador, y ahora, casi noventa años después, esos cuatro papelitos viajaron del cajón blindado a la pantalla grande, con una continuación que los directores españoles escribieron a partir de lo que el propio Lorca dejó dicho, escrito y contado.
La idea central de la película, según reconocieron los propios Calvo y Ambrossi, es bien simple y a la vez enorme: 'Todo es un qué hubiese sido si'. No hay acá un ejercicio documental ni la pretensión de emular la voz del poeta como si fuera un ventrílocuo; lo que hay es una hipótesis narrativa, una partida que se completó con las cartas del autor, con el elenco de personajes que tenía en la cabeza y con los recuerdos de amigos que escucharon de su propia boca cómo imaginaba las escenas siguientes. Ese archivo humano, más el manuscrito, terminó siendo la materia prima de un film de ficción que se anima a correr el riesgo de cerrar —o al menos de abrir otra puerta— donde Lorca no pudo.
Carlos, la hermana y la puerta del casino
Para entender por qué La bola negra importa tanto hay que meterse primero en el galpón donde Lorca imaginaba la escena, que en este caso es un casino de Granada, con sus salones lujosos y sus reglas absurdas. El protagonista es Carlos, un muchacho de la ciudad que llega con la intención de ser admitido en ese club cerrado. Los socios, como en tantas instituciones bienpensantes, lo que hacen es votar con bolas: si predominan las negras, queda afuera. El dato que Lorca explicó en conversaciones con el dramaturgo Cipriano Rivas Cherif, y que no aparece escrito en las cuatro páginas que sobrevivieron, es que el motivo del rechazo era la homosexualidad del joven. La obra, en el proyecto original, iba a ser un retrato descarnado de la hipocresía de esa sociedad que condena en silencio lo que practica a escondidas.
Los directores rescataron del fragmento original una escena que funciona como corazón del film: una conversación entre Carlos y su hermana, un cruce de palabras donde se pone en juego el peso familiar del secreto, la vergüenza heredada y los modos en que una comunidad decide quién pertenece y quién sobra. Esas líneas son lo poco que Lorca alcanzó a escribir de su puño y letra; el resto, Calvo y Ambrossi lo construyeron con la libertad del 'qué hubiese sido si', apoyándose en los treinta y seis personajes que el poeta tenía previsto poner en escena, entre familiares, amigos y conocidos del protagonista.
“Todo es un 'qué hubiese sido si'.”Javier Calvo y Javier Ambrossi
Manuscritos a 21 grados, bajo llave
Hay algo que a mí, personalmente, me golpea cada vez que lo escucho: los originales de Lorca se custodian en un recinto blindado, mantenido a una temperatura constante de 21 grados, como si fueran vinos reserva o como si el tiempo alrededor de esos papeles pudiera suspenderse para siempre. Y sin embargo, no se suspende: el poeta tenía 38 años cuando lo asesinaron en Viznar, y el puñado de hojas de La bola negra quedó flotando en ese limbo durante décadas, esperando a alguien con el tupé —y con el cariño— de animarse a imaginar un final. Esa mezcla de archivo y osadía es, a mi entender, lo que vuelve a esta película un objeto raro y entrañable: es una carta de amor a un artista truncado, escrita con sus propias palabras y con los huecos que él dejó abiertos a propósito.
- La película parte de un manuscrito teatral de apenas cuatro páginas que Lorca dejó inconcluso.
- Calvo y Ambrossi construyeron el resto del relato a partir de cartas, personajes proyectados y testimonios de conversaciones del poeta.
- La trama original giraba en torno a un joven de Granada rechazado de un casino por su homosexualidad, según explicó Lorca a Cipriano Rivas Cherif.
- El proyecto teatral contemplaba hasta 36 personajes y fue interrumpido por el asesinato del autor en 1936, cuando tenía 38 años.
- Los originales de Lorca se conservan en un recinto blindado, a temperatura controlada de 21 grados.
Lo que me llevo de esta propuesta, y se los dejo como pregunta para que cada uno la ronde mientras compra las entradas, es algo que excede al cine: ¿cuántas conversaciones, cuántas obras, cuántos proyectos se quedaron a mitad de camino en agosto del 36, esperando una mano que los completara? Calvo y Ambrossi no restauran a Lorca ni lo corrigen; lo escuchan, lo leen y le contestan con una película que es, en el fondo, un acto de respeto y de compañía. Y a veces, cuando un artista se va antes de tiempo, lo más honesto que puede hacer quien llega después es sentarse a la mesa, pedir la palabra y completar la frase. Eso, ni más ni menos, es lo que hacen estos dos directores con La bola negra.
La película se proyecta en salas argentinas desde esta semana, en funciones subtituladas y con algunas funciones en versión original. Conviene llegar con tiempo, comprar pochoclo —o, si son de los míos, unas buenas empanadas de jamón y queso para el cine—, y sentarse dispuesto a entregarse a un juego de espejos donde el pasado y el presente se dan la mano sin pedir permiso. Romero lo dijo mejor que nadie en sus mejores letras, y a mí me gusta repetirlo: a veces las historias no se terminan, se transforman en otra cosa, y mientras haya alguien dispuesto a contarlas de nuevo, siguen vivas.
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