La mano que alguien te alcanza cuando todo se vuelve cuesta arriba
Un apretón, un abrazo o una caricia pueden cambiar lo que siente el cuerpo: la neurocientífica Paula Salamone explica por qué el contacto con otro regula el miedo y la ansiedad, qué pasa cuando nos tocamos a nosotros mismos y cuánto tienen que ver las costumbres de cada cultura.
Acá en el sur, en pleno julio, cuando la noche se estira y el frío invita a quedarse dentro de la casa, una se imagina mil escenas de película: alguien asustado, otro que le toma la mano, y el mundo, por un rato, baja un cambio. Esa imagen, que parece de película, tiene detrás años de investigación seria. Lo explica Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas, que viene estudiando hace tiempo cómo un gesto tan simple como apoyar la palma en la de otra persona puede mover algo bien adentro del cuerpo.
Por qué una mano sostenida cambia lo que sentimos
Cuando alguien tiene miedo o está angustiado, darle la mano o abrazarlo no es solo un acto de buena voluntad: es una manera concreta de acompañarlo y, según lo que cuenta Salamone, de modificar lo que le pasa por dentro. La especialista lo resume así: el contacto físico puede ayudar a reducir el miedo y la ansiedad. Lo que más se estudió, dice, es lo que pasa con los chicos que toman la mano de un adulto; esa situación puntual aparece una y otra vez en los papers porque muestra cómo baja el nivel de temor.
Lo que pasa bajo la piel
El truco está en que el tacto no se queda en la superficie. Salamone investiga cómo los estímulos sobre la piel se conectan con la actividad del cerebro, con la médula espinal y con las respuestas del resto del cuerpo. Por eso una caricia o un masaje no son solo “un mimo”: pueden mover reacciones fisiológicas que tienen que ver con el estrés y con la relajación. Es como si el cuerpo, cuando alguien lo toca con cuidado, recibiera un mensaje de que está a salvo, y empezara a desarmar la tensión.
Tocarse uno mismo no es lo mismo que ser tocado
Acá aparece un detalle que a mí, personalmente, me dejó pensando. Todos, en algún momento, nos tocamos el pelo, nos acariciamos la barba, nos pasamos la mano por el brazo cuando estamos nerviosos. Eso también es una forma de regular lo que sentimos. Pero, según Salamone, la respuesta no es la misma cuando el gesto lo hace alguien más: el cerebro distingue entre las acciones propias y los estímulos que llegan desde afuera. Dicho de manera más criolla: una se puede hacer upa a sí misma, pero no es lo mismo que recibirla.
Las cosquillas como ejemplo
Para entender esa diferencia, la investigadora apela a las cosquillas, ese tema que parece de chiste y resulta bastante revelador. Cuando uno intenta hacerse cosquillas solo, el cerebro ya sabe dónde, cuándo y cómo va a venir el toque; entonces la sorpresa se pierde y la sensación baja varios cambios. Cuando el movimiento lo hace otro, queda un componente de incertidumbre que cambia todo el efecto. Y hay algo más: las cosquillas son parte del juego y del ida y vuelta social, no son un hecho aislado.
La cultura marca a qué distancia nos paramos
Ahora bien, no todos vivimos la cercanía de la misma manera. Salamone contó que, mientras investigaba en Suecia, charlar con un colega a tres metros de distancia era lo más normal del mundo. Acá, en cambio, conversamos casi tocándonos la nariz. Esa distancia, aclara, no quiere decir que los suecos sientan menos o los argentinos más: simplemente tienen otras maneras de expresar lo que sienten y de vincularse. La cultura manda, y eso se nota hasta en cuántos centímetros dejamos entre nosotros.
Después de la pandemia, una pregunta abierta
El tema del contacto también tiene una arista que nos toca de cerca. En Argentina, Salamone integra el equipo Tango-i Lab, donde estudian cómo se relaciona el contacto con los síntomas de despersonalización, esa sensación tan rara de sentirse afuera de uno mismo. Y hay una pregunta que les da vueltas: si la falta de interacción física durante el aislamiento por la pandemia dejó huellas que todavía estamos procesando. Todavía no hay una respuesta cerrada, pero la pregunta ya está sobre la mesa.
El contacto como parte del día a día
Lo que queda flotando, al terminar la charla, es algo bastante sencillo y bastante enorme al mismo tiempo. Una mano, un abrazo, una caricia pueden ser parte del acompañamiento de todos los días, sin que haga falta un motivo enorme para darlos o recibirlos. Yo me quedo pensando en eso cada vez que un amigo está bajoneado y uno, sin pensarlo, le apoya la mano en el hombro. Lo que uno espera, en el fondo, es que ese gesto sirva para algo. Y, por lo que cuenta Salamone, sirve.
“El contacto físico puede ayudar a reducir el miedo y la ansiedad. La diferencia entre tocarse uno mismo y ser tocado por otro está en cómo el cerebro procesa el estímulo.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
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