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MAR, 08 SEPT 2026
Vida

La panza que no afloja: por qué el cuerpo decide por nosotros y qué sí está en nuestras manos

Aunque se haga ejercicio y se coma bien, la grasa del abdomen suele ser la última en irse. La genética, las hormonas y el sueño explican la pelea desigual, y la evidencia apunta a una sola estrategia que funciona de verdad.

LH
Ludmila HudymaSociedad y vida · 8 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Son las siete de la tarde en el barrio Las Vertientes, en las afueras de Trelew, y Marta Jara, vecina de toda la vida, se acomoda en la silla del living con el mate en una mano y la revista del gimnasio en la otra. Acá en el sur, dice, llevamos décadas peleando con el mismo enemigo: una panza que no cede aunque uno se mate haciendo abdominales y deje el pan blanco de un día para el otro. Y lo dice con una mezcla de resignación y de bronca que, créanme, conozco bien: yo también pasé por eso, y por eso me puse a investigar por qué nos pasa a tantos.

El cuerpo no elige de dónde sacar la grasa

La primera mala noticia que nos da la fisiología es simple y a la vez demoledora: el organismo no elimina grasa de una zona específica por decisión propia. Aunque uno haga quinientas planchas por día, la grasa abdominal se va a reducir en la medida en que el cuerpo entero pierda grasa, y ese orden lo manejan la genética, la edad, los cambios hormonales y la calidad del sueño, no la voluntad del que está frente al espejo.

En la zona del abdomen conviven dos tipos de tejido adiposo que conviene aprender a distinguir, porque no son lo mismo ni se comportan igual. El primero es el subcutáneo, ese que está justo debajo de la piel y que es más fácil de pellizcar con los dedos; el segundo es el visceral, que se ubica más adentro, envolviendo los órganos como una suerte de almohadilla, y que es el que más preocupa a los cardiólogos y a los endocrinólogos, porque se asocia de manera directa con riesgos cardiovasculares y metabólicos.

Por qué los abdominales no alcanzan

Los ejercicios localizados, las clásicas abdominales que todos nos imaginamos, cumplen un rol muy concreto: fortalecen la musculatura, mejoran la postura y aportan tonicidad a la zona media. Lo que no hacen, por más que la industria del fitness los venda como solución, es determinar de qué parte del cuerpo se va a perder grasa. Por eso es perfectamente posible que alguien gane firmeza en el abdomen y, aun así, siga viendo el mismo volumen en la cintura: el músculo se endurece por debajo, pero el panículo adiposo de arriba no se mueve al ritmo que uno quisiera.

A esto se suma un dato que Marta repite cada vez que hablamos del tema y que la evidencia confirma: la acumulación de grasa visceral responde a variables individuales, como la edad, la carga genética que cada uno trae de fábrica y los patrones hormonales. Por eso es tan habitual ver a dos personas con rutinas similares, comiendo parecido y entrenando a la par, registrar cambios totalmente distintos en la balanza y en el contorno de cintura.

El sueño, ese gran regulador silencioso

Nosotros tendemos a pensar que la grasa abdominal se gana o se pierde exclusivamente en la cocina y en el gimnasio, pero hay un tercer escenario que pesa tanto como los otros dos: la cama. Un estudio de Mayo Clinic encontró que restringir el sueño se asoció con un aumento del 9 por ciento en el área adiposa total del abdomen y del 11 por ciento en la grasa visceral, comparado con condiciones controladas. Es decir, dormir mal no solo nos deja cansados: literalmente nos agranda la cintura.

Como si eso fuera poco, las horas cortas de descanso alteran los mecanismos del hambre y la saciedad, esas señales que nos indican cuándo empezar y cuándo dejar de comer. Cuando esas señales se ensucian, sostener cualquier estrategia alimentaria en el tiempo se vuelve una tarea casi imposible, por más fuerza de voluntad que le pongamos a la semana.

La dupla que sí muestra resultados

Después de tanto diagnóstico gris, llega la parte que a Marta, y a mí, más nos interesa: qué funciona. Un estudio publicado en JAMA Network Open, que siguió a más de siete mil adultos durante un promedio de 7,2 años, encontró que mejorar la calidad de la dieta y aumentar la actividad física, cuando esas dos cosas ocurren al mismo tiempo, se asocian con una menor acumulación de grasa visceral. El grupo que registró las mayores mejoras conjuntas presentó 149 gramos menos de grasa visceral al final del seguimiento, una cifra que parece chica en el papel pero que en el cuerpo se nota, y mucho.

La orientación que surge de toda esta evidencia es bastante clara, aunque a muchos no nos guste escucharla: no hay atajos ni zonas mágicas, sino estrategias sostenidas en el tiempo que articulan alimentación, movimiento y descanso de forma simultánea. Y acá viene un consejo que a mí me cambió la cabeza: medir el progreso solo por el espejo suele distorsionar la evaluación, porque el espejo no registra la fuerza que uno ganó, la constancia que sostuvo ni la circunferencia de cintura que de a poco se va ajustando. Esa otra lectura, más completa, suele ser la que muestra que el esfuerzo, aunque silencioso, está dando sus frutos.

Marta cierra el mate, mira por la ventana del barrio y me dice, como quien se despide hasta mañana, que ella ya dejó de pelearse con el abdomen y empezó a mirarlo como una parte más del cuerpo, no como el enemigo principal. Espera, me cuenta, que con el correr de los meses el cuerpo le vaya respondiendo, y mientras tanto duerme mejor, camina todas las tardes y come con más cabeza que con culpa. Es, en el fondo, lo que la evidencia viene pidiendo hace rato: dejar de buscar el truco y animarse a cambiar la conversación con uno mismo.

LH
Ludmila HudymaSociedad y vida

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