Marcel, la concha con zapatos: una animación que se pone el traje de falso documental para contar una búsqueda familiar
La película de Dean Fleischer Camp, basada en los cortometrajes que hizo con Jenny Slate, sigue a una pequeña concha que vive con su abuela y sale a buscar a su comunidad desaparecida. Estreno en cines argentinos con el sello de A24.
Mi vieja, que es de las que todavía mira la tele con la pantalla grande y se acomoda en la silla como si fuera a un acto escolar, me dijo el otro día una frase que me quedó dando vueltas mientras veía esta peli: mientras haya alguien que te espere en la casa, no estás solo del todo. Y la verdad es que Marcel, la concha con zapatos arranca justo por ahí, por la pregunta de qué hacemos cuando la persona que nos espera empieza a faltarnos, o cuando somos nosotros los que nos quedamos esperando a alguien que no aparece. La película de Dean Fleischer Camp toma ese interrogante y lo convierte en una historia chiquita, tierna y un poquito tristona, pero también con bastante humor, que mezcla stop motion con formato de falso documental y que tiene como protagonista a una conchita de un centímetro con un par de ojazos tristes y una vocecita que rompe el corazón.
La casa como galpón del mundo
Antes de que pase nada en la pantalla, lo primero que llama la atención es el escenario. Es una casa cualquiera, de las que se ven en cualquier barrio americano de clase media, con su cocina, su living, su sillón floreado y esa luz de tarde que entra por la ventana y deja todo como sacado de una postal. Para nosotros es un departamento normal, pero para Marcel y para su abuela Connie, la señora que lo crió, esa casa es prácticamente un galpón inmenso, un terreno enorme que hay que cruzar para ir de la heladera al horno, o para llegar hasta la mesada donde se prepara el desayuno. Esa diferencia de escala es la que sostiene gran parte del humor y también gran parte de la emoción: cosas tan banales como servir un plato de comida o sacar la basura se vuelven aventuras con obstáculos, y uno termina conteniendo la respiración cada vez que la conchita tiene que cruzar el piso de la cocina para llegar a la mesa.
En ese sentido, la peli funciona un poco como esos cortos caseros que uno guardaba en la computadora cuando todavía se usaban diskettes. La estética remite a lo hogareño, a lo filmado con una cámara que se mueve mucho, que se traba, que se olvida encendida. El personaje de Dean, el documentalista que se mete en la casa y empieza a registrar la vida de Marcel sin pedir demasiada autorización, es el que le pone la voz adulta a la película y el que, queriendo o sin querer, termina cambiando la historia para siempre.
“Yo cuando vi por primera vez a Marcel sentí que estaba mirando a alguien de mi familia, no sé bien por qué, pero me daba ganas de cuidarlo, de preguntarle si había comido, de ver si estaba bien.”Jenny Slate, co creadora del personaje
Marcel y Connie, o de los vínculos que se cuidan en silencio
El corazón de la historia, igual que en cualquier relación de abuelos y nietos que uno haya visto de cerca, está en la convivencia diaria. Connie y Marcel comparten una rutina que ya tiene sus horarios, sus chistes internos, sus pequeñas discusiones por cosas mínimas. Ella le cocina, lo retó cuando se porta mal, le cuenta historias viejas, y él la mira con esa devoción silenciosa que solo tienen los chicos que saben que el tiempo con los grandes es contado. La peli no necesita grandes golpes de efecto para mostrar lo que se va perdiendo con los años: alcanza con un sillón, una taza de té y una frase dicha bajito para que a uno se le apriete algo en el pecho.
Lo que mueve a Marcel a salir al mundo es la ausencia de los suyos. En algún momento se habla de una comunidad entera de conchas que desapareció, y la pequeña empieza a preguntarse si queda alguien más allá de la abuela, si hay otros como ella en algún lugar, si la búsqueda vale la pena o si lo único que va a conseguir es confirmar una pérdida. Esa pregunta, la de rastrear el origen propio cuando los mayores ya no están o están por irse, es la que le da densidad al relato y la que lo separa de ser un simple capricho animado para chicos.
El humor funciona como puente para no caer en el golpe bajo. Hay gags con objetos comunes que se vuelven enormes vistos desde la altura de Marcel, y también momentos en los que el documentalista Dean queda afuera de foco, como un intruso bien intencionado que no termina de entender del todo lo que tiene delante. Esa torpeza del personaje humano, siempre un paso atrás de lo que realmente está pasando en la casa, le saca solemnidad al asunto y le deja espacio a lo que importa: la relación entre la concha y su abuela, y el viaje que Marcel decide hacer para ver si hay un mundo más allá de esa cocina.
La película termina dejando la puerta abierta a una pregunta que uno se lleva a casa: qué lugar tienen los vínculos cotidianos, esos que no aparecen en los grandes titulares, en la historia de cada uno. Marcel, la concha con zapatos se puede ver en los cines desde este jueves, ideal para ir con alguien que quiera reírse un rato y después quedarse callado en el auto de vuelta a casa, procesando lo que vio. Y si después de la función les da por pedir una pizza y comerla despacio, sin mirar el celular, mejor todavía.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Seguí leyendo
Tierra Roja Noticias