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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Sarah Paulson se mete en la piel de Aileen Wuornos y la cruza con Lizzie Borden: qué hay de verdad y qué de licencia en la serie de Netflix

La cuarta entrega de la antología de Ryan Murphy incorpora a la asesina serial de Florida al relato sobre los hachazos de 1892. Acá te cuento qué muestra la ficción, qué dice el expediente y por qué conviene mirar la serie con los lentes bien puestos.

RC
Romina CabralCultura y espectáculos · · lectura 4 min
Sarah Paulson se mete en la piel de Aileen Wuornos y la cruza con Lizzie Borden: qué hay de verdad y qué de licencia en la serie de Netflix

Lo dice mi abuela, la de la casa de Barracas al 400, cada vez que prendía la radio y empezaba un radioteatro: «Mirá, hija, si la historia ya es brava, el que la cuenta la embellece». Y esa frase me volvió a la cabeza mientras veía los primeros capítulos de «Monstruo: La historia de Lizzie Borden», la nueva entrega de la antología que Ryan Murphy viene estirando en Netflix desde el caso de Jeffrey Dahmer. Esta vez la pantalla se divide entre dos mujeres marcadas por el cuchillo y el revólver, y la producción decide cruzarlas como si se hubieran conocido en un pasillo del más allá.

Para entender lo que vamos a ver conviene separar la paja del trigo, porque la serie mete en la misma bolsa a Lizzie Borden, la hija de Fall River que en 1892 fue absuelta por hachar a su padre y a su madrastra en su propia casa, y a Aileen Wuornos, la mujer que entre 1989 y 1990 mató a seis hombres en las rutas de Florida y terminó en la cámara de la inyección letal en 2002, a los 46 años. La pantalla las une, pero el archivo histórico no registra ni una obsesión mutua ni, mucho menos, una estadía de Wuornos en la residencia de los Borden, como sugiere algún tramo de la ficción.

«Father» y las lecturas compartidas

El punto de contacto que la serie elige es el de la lectura. Wuornos aparece en el cuarto episodio hojeando, junto a su novia, un libro sobre Lizzie, y encuentra ahí una experiencia con la que se identifica. Más adelante, en el sexto capítulo, la acción se corre a Florida en 1988 y se muestra un encuentro en la carretera donde Wuornos termina disparándole a un hombre. Son escenas que sirven para que el guion arme un puente, no para reconstruir lo que pasó. Brennan, cocreador de la antología, lo dijo con todas las letras: la idea era darle a Wuornos un final que se sintiera como cierre, aunque no fuera un final feliz.

Y acá viene la pregunta que me dejó dando vueltas tres noches, mirando el techo: ¿qué lugar deberían tener estas licencias en las series que se venden como basadas en casos reales? No es una duda caprichosa. En la misma antología, Dahmer ya había generado ruido por cómo se mostraban las víctimas y sus familias. Con Lizzie Borden y Wuornos la operación vuelve a repetirse, solo que ahora el truco es todavía más delicado, porque la serie construye un vínculo entre dos mujeres separadas por casi un siglo sin que nadie pueda probar que ese vínculo existió.

«A House in Fall River» y la casa como personaje

Antes de seguir con el cruce, vale detenerse en la casa. La serie vuelve a hacer lo que mejor le sale: mostrar el galpón, la sala, el zaguán, antes que el crimen. La residencia de los Borden funciona como un personaje más, con sus paredes oscuras, sus relojes parados y esa sensación de que algo se pudrió debajo del piso. A mí, que crecí escuchando las historias de la abuela en una casa con pasillo largo y patio de baldosas frías, esa estética me hace ruido en el mejor sentido: te dice que el lugar guarda un secreto y que la verdad sale, tarde o temprano, por las hendijas.

Después viene el montaje con visiones de Lizzie que se le aparecen a Wuornos y terminan recibiéndola después de la ejecución. Es un recurso lindísimo, y a la vez discutible, porque te vende una conexión que solo existe en la cabeza de los guionistas. Por eso a mí, como espectadora, me sirve separar dos cajas: una, lo que cuentan los expedientes y las hemerotecas; otra, lo que la serie decide agregar para que la historia cierre de un modo emocionalmente potente. Las dos cajas pueden convivir, siempre y cuando el espectador sepa en cuál está mirando.

«Killer Inside Me» y dónde verla, cuándo y qué comer

Si te picó la curiosidad, «Monstruo: La historia de Lizzie Borden» está disponible en Netflix desde abril de 2025, con sus ocho capítulos, y se puede maratonear en una tarde de domingo. Lo ideal es verla con el celular lejos, en el sillón de siempre, y con algo rico al alcance de la mano: unas tostadas de queso crema con pickles, un guiso de lentejas bien espeso o, si te animás, un buen té con leche y dos galletas de manteca, como las que tomaba mi vieja cuando se sentaba a mirar televisión. Y si después te quedan ganas de discutir si la ficción tiene derecho a inventar obsesiones entre dos asesinas separadas por un siglo, agarrá el café, llamá a un amigo y dale para adelante: de eso se trata.

RC
Romina CabralCultura y espectáculos

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