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JUE, 03 SEPT 2026
Vida

Una silla de ruedas, cuatro continentes y la certeza de que ningún escalón es el final del camino

Fletcher Crowley y Lachie Bennett diseñaron una vuelta al mundo de tres meses que incluyó desde el Gran Buda de Hong Kong hasta un safari en Sudáfrica, y dejaron un mensaje que se viralizó: "El mundo no es accesible, nosotros lo somos".

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Belén SosaAmbiente y comunidades · 3 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

La imagen que mejor resume la historia podría tomarse en la escalinata del Gran Buda de Hong Kong, donde un amigo carga al otro sobre la espalda para subir los 268 escalones que separan la base de la cima. No es una postal pensada para el impacto: es apenas una de las tantas escenas que protagonizaron Fletcher Crowley y Lachie Bennett durante una vuelta al mundo de tres meses que atravesó cuatro continentes y dejó en evidencia que la accesibilidad todavía es, en gran parte, una tarea pendiente de la sociedad y no de las personas que se mueven en silla de ruedas.

Un accidente a los 17 y una amistad que se forjó en terapia

Fletcher tenía 17 años cuando una caída en bicicleta de montaña le fracturó dos vértebras y lo dejó parapléjico. Puede ponerse de pie y dar algunos pasos, pero el esfuerzo lo agota enseguida. Años más tarde, mientras hacía su recuperación, lo atendía como terapeuta Lachie Bennett, un compañero del colegio con el que había compartido aulas sin imaginar el reencuentro que les esperaba.

La amistad se cocinó en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares, en una cena de turno nocturno. Ahí descubrieron que compartían mucho más que la rutina del lugar: los dos se interesaban por la música, la moda, la conversación con desconocidos y la búsqueda de experiencias nuevas. También los unía algo más íntimo, los dos habían atravesado episodios de ansiedad y habían aprendido a transitarlos, una coincidencia que les dio un lenguaje común antes incluso de pensar en viajar juntos.

Tres meses, cuatro continentes y una oferta imposible de rechazar

El viaje grande empezó casi de casualidad. Iban a armar una escapada de dos semanas cuando apareció una promoción de vuelta al mundo con múltiples escalas y la compraron sin pensarlo demasiado. El recorrido final incluyó Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica, una combinación que mezcló megaciudades asiáticas, Alpes, playas europeas, selva sudamericana y reservas africanas en apenas noventa días.

  • En Hong Kong, Lachie cargó a Fletcher en la espalda para subir los 268 escalones que llevan al Gran Buda. Llegar a la cima fue, según contaron, "un momento surrealista".
  • En Suiza, una familia que los seguía en redes sociales los invitó a quedarse en su casa y los recibió como si fueran parientes.
  • En Francia se alojaron en la granja de ovejas de un conocido y pasaron una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza.
  • En Brasil recorrieron la selva en cuatriciclo, una experiencia que combinó velocidad, polvo rojo y la incomodidad de andar por senderos que no estaban pensados para una silla.
  • En Sudáfrica completaron la triple aventura de hacer safari, bucear con tiburones y volar en parapente.
“El mundo no es accesible, nosotros lo somos.”Fletcher Crowley y Lachie Bennett

La logística no fue un detalle menor. Algunos destinos directamente no estaban preparados y hubo que improvisar rutas alternativas, cambiar reservas o recurrir al recurso ya clásico de Lachie cargando a Fletcher a cuestas. Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione, reconocieron al repasar la experiencia.

El financiamiento también fue una aventura. Arrancaron con ahorros propios, pero cuando empezaron a publicar videos del viaje la respuesta en redes fue tan grande que una campaña de micromecenazgo les dio el margen para ser más espontáneos y dejar de ajustarse a un presupuesto rígido. Buena parte del alojamiento se resolvió gracias a desconocidos que los contactaban para ofrecerles una habitación, un sofá o una cama de granero, una red de hospitalidad que, según contaron, terminó siendo tan importante como el propio itinerario.

La historia de Crowley y Bennett pone sobre la mesa una discusión incómoda: si dos personas con movilidad reducida pueden subirse a un cuatriciclo en la selva amazónica, bucear con tiburones en el Índico o sentarse en la cima de un templo budón a 268 escalones del piso, qué está fallando para que una vereda rota, una escalera sin rampa o un hotel sin ascensor sigan siendo, en 2026, una barrera infranqueable. ¿Cuántos viajes como el de Fletcher y Lachie harán falta para que el mundo deje de ponerles el límite a ellos?

BS
Belén SosaAmbiente y comunidades

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