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VIE, 16 OCT 2026
Entretenimiento

Coyote vs. Acme: cuando el correcaminos se cansa y el coyote, por fin, va a juicio

La nueva película de los Looney Tunes cruza al Coyote con un abogado encarnado por Will Forte y convierte los gags del desierto en una historia de insistencia, golpes y justicia que se ve como un juicio y se siente como una amistad.

RC
Romina CabralCultura y espectáculos · · lectura 5 min
Coyote vs. Acme: cuando el correcaminos se cansa y el coyote, por fin, va a juicio

Como decía mi abuela, que crio cinco hijos en un departamento de dos ambientes en Once: «El que se cansa pierde, pero el que insiste, a veces gana». Esa frase me quedó sonando en la cabeza mientras terminaba de ver Coyote vs. Acme, la película que Warner acaba de poner en circulación y que, por fin, le da al Coyote algo más que un acantilado y un cañón de TNT para perseguir al Correcaminos: un juicio, un abogado y la chance de pelear por algo que no sea un ave rayo. La dirige una historia que se apoya en los cortitos clásicos de Chuck Jones, pero los estira hasta convertirlos en un largometraje de algo más de noventa minutos, con actores de carne y hueso mezclados con dibujos animados, una combinación que acá funciona y que, créanme, no siempre sale bien.

Antes que la trama, vale la pena imaginar la sala: un galpón enorme de sonido, planos abiertos del desierto pintado a mano y, en el medio, un personaje de Will Forte con cara de abogado cansado, corbata torcida y un cliente que, técnicamente, no es una persona. Esa sola imagen ya cuenta la película. Es la del Coyote —alguien que durante décadas se pasó persiguiendo al Correcaminos sin cobrar un peso ni recibir una demanda a favor— yendo a Tribunales para reclamarle a la empresa Acme que los productos que le vendió eran una porquería y le arruinaron la vida. Sí, leyeron bien: el Coyote, ese que se arrojó por miles de precipicios con un paracaídas que nunca abrió, ahora dice basta y pide resarcimiento.

El tema del asunto: un Coyote con sueños de litigante

La película combina animación con actores reales, como ya habían hecho Space Jam o Looney Tunes: De nuevo en acción, pero acá lo humano no viene a salvar el mundo ni a jugar un partido de básquet: viene a defender a un cliente que se pinta la cara, se golpea contra las rocas y, aun así, redacta una denuncia. Will Forte compone a un letrado bastante derrotado, con esa pinta de tipo que ya no cree en nada y de golpe aparece un coyote hablando en su oficina para cambiarle la rutina. Los dos se acercan porque comparten algo que la película repite sin golpes bajos: la perseverancia, la manija de seguir intentando aunque todo indique que va a salir mal. Uno insiste con sus estratagemas en el desierto, el otro insiste con sus escritos en el juzgado, y los dos se bancan caídas que parecen sacadas de un corto de los setenta pero duelen como las de un adulto grande.

Lo lindo del asunto es que la cinta no se ríe del Coyote, se ríe con él, que es distinto. Cada intento fallido, cada trampa que explota antes de tiempo, cada piedra que cae en el momento equivocado, aparece también en el recorrido del abogado: causas perdidas, colegas que lo miran de reojo, noches largas leyendo expedientes. Esa espejada entre el personaje animado y el humano es lo que termina de armar el vínculo entre los dos, sin necesidad de grandes declaraciones ni escenas lacrimógenas. La película deja que la insistencia hable por ellos, y lo hace con un humor físico que respeta el ADN de los Looney Tunes y, al mismo tiempo, se banca los tiempos de un drama de tribunales.

Si vas al cine, no te olvides el pochoclo

“Como decía mi vieja cada vez que algo parecía imposible: «Hijo, si el Coyote no se rindió en cincuenta años, vos no te vas a rendir por una cosasita así». Esa es, ni más ni menos, la filosofia que sostiene toda la película.”Refranero familiar de la autora
  • Dónde se puede ver: en las salas de cine de toda la Argentina, en sus complejos tradicionales y también en cadenas como Cinemark, Hoyts y Showcase, que vienen siendo las que más copias pusieron de la película en las primeras semanas.
  • Cuándo conviene ir: idealmente un sábado por la tarde, cuando los chicos terminaron el partido y los grandes todavía bancan una sesión larga sin mirar el reloj cada cinco minutos; los horarios más amigables suelen ser los de las 15, las 17:30 y las 20.
  • Con quién: con los pibes que crecieron viendo los cortos del Coyote y el Correcaminos en la tele, y también con los que no los vieron y se van a sorprender con el nivel de creatividad para lastimarse que tenía un dibujo animado de hace cincuenta años.
  • Qué se come: pochoclo grande con mantequilla bien cargada, un balde de nachos con queso cheddar para compartir, una coca bien fría y, si el presupuesto aguanta, unos hot dogs al final, que después de noventa minutos de juicios y explosiones el cuerpo pide algo contundente.

Coyote vs. Acme es, en el fondo, una película sobre gente —y coyotes— que se niega a tirar la toalla. Por eso me parece una propuesta ideal para ir con la familia, con amigos o, por qué no, solos, como uno se escapa a ver una de esas películas que no te cambian la vida pero te devuelven la sonrisa tonta de chico. Y mientras la vean, no se sorprendan si vuelven a casa con ganas de volver a intentar eso que dejaron pendiente: el trabajo, el proyecto, la charla pendiente con alguien, lo que sea. Al final, como decía mi abuela y como repite esta película sin que nadie se lo pida: mientras haya otro plan, hay otra oportunidad.

RC
Romina CabralCultura y espectáculos

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