El invierno tiene un sonido diferente en el sur de Bahía: el de las ballenas jorobadas que vuelven a Abrolhos
Entre julio y noviembre, los cetáceos llegan al litoral brasileño para reproducirse y convierten a pequeños municipios costeros en polos de turismo de naturaleza fuera del verano.
En el extremo sur de Bahía, el mar cambia de color cuando el calendario gira hacia julio. La arena de Caravelas, casi desierta en el invierno austral, empieza a recibir visitantes que no vienen por el sol sino por algo mucho más grande: las ballenas jorobadas que cada año regresan al archipiélago de Abrolhos, un conjunto de islotes volcánicos rodeados por aguas cristalinas donde la plataforma continental se corta de golpe y forma el primer parque nacional marino de Brasil, con cerca de 91.300 hectáreas protegidas.
El ciclo es tan marcado como un calendario agrícola. Entre julio y noviembre, los cetáceos abandonan las aguas frías del Atlántico sur, ricas en krill y pequeños peces, y remontan la costa brasileña para aparearse y dar a luz en aguas tropicales más cálidas y resguardadas. En el trayecto atraviesan miles de kilómetros y dejan una estela que los operadores locales conocen al detalle: primero aparecen ejemplares solitarios, después grupos en cortejo, más tarde madres con crías y, sobre el final de la temporada, juveniles que todavía no están listos para reproducirse.
Una temporada que llena la baja
El Instituto Baleia Jubarte trabaja desde hace más de tres décadas en el monitoreo de la especie en Abrolhos y, con el tiempo, extendió su radio de acción hacia el norte de Bahía y hasta el litoral de São Paulo, a medida que la población se recuperaba del castigo de la caza comercial y ocupaba nuevos trechos de costa. Hoy, además de producir información científica, la organización sostiene una red de operadores que vive del avistamiento.
“La ballena viva vale mucho más que muerta. Genera valor económico, empleo e ingresos, pero también sensibiliza a las personas.”Enrico Marcovaldi, vicepresidente del Instituto Baleia Jubarte
En Caravelas y en los pueblos vecinos del litoral sur bahiano, la actividad se nota en el movimiento de los hoteles, en los restaurantes que abren mesas extras durante los meses flojos y en los puestos de trabajo que aparecen para capitanes, patrones, biólogos y guías. Eduardo Camargo, presidente del Instituto, lo define como una nueva temporada de turismo que llega justo cuando el verano se va.
Lo que contrasta con el relato oficial es lo que se ve en el muelle: lanchas pintadas con colores intensos, turistas equipados con binoculares, y la expectativa de un encuentro que puede durar minutos o extenderse una mañana entera. Las salidas se hacen con embarcaciones habilitadas y guías certificados que respetan distancias mínimas y tiempos de permanencia frente a los animales, dentro de un protocolo que el Instituto presenta como modelo de observación responsable.
Para los viajeros argentinos que suelen pensar en Brasil solo como destino de playa en enero, la temporada de ballenas ofrece un argumento distinto: un litoral verde, con aguas templadas, pueblos pesqueros y la posibilidad de ver a un animal de hasta quince metros de largo romper la superficie con su aleta caudal, en el mismo lugar donde hace tres décadas apenas si quedaba algún registro de la especie.
El Instituto insiste en que el crecimiento de la actividad debe ir de la mano de la capacitación continua y del monitoreo científico de las poblaciones, para que el turismo no termine erosionando lo que lo hace posible. La pregunta que queda dando vueltas es si la expansión de los avistamientos a nuevas zonas de la costa brasileña conseguirá mantenerse dentro de esos límites o si, tarde o temprano, la presión sobre los animales terminará siendo más fuerte que el protocolo escrito en los manuales.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Tierra Roja Noticias