Límites con los hijos: por qué decir "no" a tiempo también es una forma de criar
Especialistas en crianza consultados sostienen que la autoridad bien ejercida no se opone al diálogo ni al afecto, y que la ausencia de normas claras puede dejar a niños y adolescentes sin herramientas para tolerar la frustración y regular sus emociones.
Bajar una orden firme a un chico que patalea en el súper suele vivirse, en estos tiempos, como una escena incómoda. Muchos adultos prefieren evitarla: negocian, explican, dan rodeos y, antes de que el berrinche escale, mueven el límite que habían trazado un rato antes. La escena se repite en miles de hogares argentinos y, según dos psicólogas infantojuveniles consultadas, esconde un problema más profundo que una simple rabieta en la góndola de los lácteos.
La psicóloga Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", lo resume con una frase que incomoda: "Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso". La especialista sostiene que la conversación es una herramienta de la autoridad, no su enemiga.
La diferencia que muchos padres no terminan de ver
Raschkovan traza una línea precisa entre dos palabras que suelen usarse como sinónimos y no lo son. El autoritarismo, explica, es un abuso de poder: se impone sin escucha y sin explicación. La autoridad, en cambio, es otra cosa: es la capacidad de un adulto de sostener una decisión con razones claras, con afecto y con coherencia. "Respetar a niños y adolescentes no equivale a dejarlos hacer lo que quieran: el respeto está en el buen trato, no en la ausencia de normas", señala.
La referencia teórica más citada para ordenar el debate viene de los años sesenta, cuando la psicóloga Diana Baumrind describió tres estilos de crianza que todavía se usan en las facultades de Psicología: el autoritario, con reglas rígidas y poca escucha; el permisivo, donde predomina el cariño pero faltan límites; y el democrático o autoritativo, que combina normas claras con diálogo y contención afectiva. Este último es, según los manuales y según las especialistas consultadas, el punto de equilibrio que la evidencia viene respaldando hace décadas.
Lo que se ve en las consultas cuando los límites faltan
La psicóloga Deborah Bellota, que trabaja con familias hace años, aporta la mirada clínica. Sostiene que los padres permisivos suelen ser muy afectuosos, pero muchas veces no ponen límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica puede favorecer la autoestima en el corto plazo, aunque también genera, según la especialista, dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y resistencia a las figuras de autoridad fuera del círculo íntimo.
Raschkovan coincide y agrega un dato clave para dimensionar el problema: "Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración". La frase suena a consejo de manual, pero la especialista la usa para graficar algo más profundo: si un chico no experimenta el "no" dentro de un entorno seguro, es probable que llegue a la adolescencia sin los recursos emocionales para procesar las situaciones difíciles que la vida adulta le va a presentar.
“Un límite no es un castigo: es información que el chico necesita para entender cómo funciona el mundo y cómo se convive con otros.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Bellota, por su parte, recuerda que el trabajo del adulto no termina en el "no": después de la palabra seca viene la parte más importante, que es explicar por qué y acompañar lo que el chico siente. Esa contención posterior es la que transforma una orden en una experiencia de aprendizaje. Sin ese segundo paso, la norma queda flotando y se parece mucho más al autoritarismo que a la crianza democrática.
- Autoritarismo es abuso de poder; autoridad es presencia adulta con reglas claras y afecto.
- El estilo democrático combina normas, diálogo y contención: es el más recomendado por la evidencia.
- El miedo al berrinche lleva a mover el límite y, con eso, a confundir al chico sobre qué se puede esperar.
- La tolerancia a la frustración se construye desde la primera infancia con pequeñas dosis diarias de "no".
- Después del "no" viene la parte más importante: explicar y acompañar la emoción del chico.
El cuadro que dibujan las dos especialistas tiene una arista que excede lo psicológico y se mete de lleno en la conversación social. En un país donde la crianza se debate en grupos de WhatsApp, en escuelas y en consultorios, preguntar hasta dónde llega el respeto y dónde empieza el límite se volvió casi una cuestión de época. Las especialistas insisten en que no se trata de volver al "porque yo lo digo" ni de caer en el extremo opuesto de criarlos sin reglas: se trata, dicen, de volver a ocupar el lugar de adultos sin pedirles permiso.
Y queda flotando una pregunta que, según cómo se responda en cada casa, puede cambiar el rumbo de una crianza: si los adultos argentinos evitan el conflicto con sus hijos para no arruinar la armonía del día, ¿qué están preparando a esos chicos para soportar las frustraciones que la vida, antes o después, les va a presentar sin avisar?
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