La escena que Eastwood le robó al público y nunca nadie volvió a ver
El guionista David Webb Peoples contó que Clint Eastwood grabó un final alternativo para "Sin perdón" con los hijos de William Munny en la mesa familiar, pero lo mandó a la papelera por considerarlo un golpe de más. Hoy no queda ni rastro de esas imágenes, ni siquiera en los extras de los Blu-ray.
Como me dijo una vez mi abuela, hay cosas que se dicen mejor callando, y William Munny, el pistolero jubilado de Sin perdón, parece haber aprendido esa lección demasiado bien. Pero ojo: hubo un momento, en el primer montaje de la película, en el que ese silencio iba a quedar en off y en su lugar iba a sonar una verdad dicha en voz alta. Clint Eastwood rodó esa escena, la vio, y después la borró del mapa. Hoy, treinta y cuatro años después del estreno, sigue siendo un fantasma técnico que ni siquiera los coleccionistas más obsesivos del formato físico pudieron rastrear jamás.
Para los que no la vieron o la vieron hace tanto que ya no se acuerdan, Sin perdón se cocinó a fuego muy lento. Eastwood había comprado los derechos del guion de David Webb Peoples allá por principios de los ochenta, cuando todavía estaba en plena racha con la saga de Dirty Harry y nadie le podía explicar por qué se interesaba en la historia de un ex forajido que arrastra los pies por un poblado del Oeste y termina aceptando un trabajo de pistolero a sueldo. El actor esperaba el momento justo, el bigote justo, la arruga justa. Cuando por fin se sintió listo para ponerse en la piel de Munny, la película le devolvió cuatro Premios Óscar, incluyendo el de mejor película y mejor director, y se convirtió en uno de esos westerns tardíos que redefinieron el género en vez de rematarlo.
La confesión que nunca llegó al living
El propio Peoples fue el que abrió el archivo de aquella escena perdida, en declaraciones que recolecté mientras preparaba esta nota. Según el guionista, Eastwood grabó un segmento completo del desenlace que mostraba a Munny ya de vuelta en su casa, sentado otra vez frente a sus hijos, en la misma cocina polvorienta que abre la película pero en un clima muy distinto. Ahí estaba Will Junior, el hijo mayor, y el chico notaba que de golpe había plata, que la familia comía mejor, que el rancho tenía otra cara. Y le preguntaba, con esa brutalidad directa que tienen los gurises cuando todavía no aprendieron a filtrarse, si su padre había matado a alguien. Munny respondía que no.
Esa mentirita, que parece chiquita, era una bomba. Porque para Peoples el punto de toda la secuencia era justamente mostrar la vergüenza, no el trofeo. El guionista lo dijo textual: Munny no dice "maté a esos hijos de puta". Está avergonzado de lo que hizo. Es decir, la escena final no cerraba con el pistolero mirando fijo a cámara, esa postal de western definitivo que todos tenemos tatuada en la retina. Cerraba con un tipo que no puede contarle la verdad a su propia sangre.
El padrino como espejo
Para terminar de armar el rompecabezas hay que tirar de un hilo que a mí, personalmente, me resulta de los más golosos: de dónde sacó Peoples la idea. Y la respuesta es, ni más ni menos, que de El padrino. El cierre de la primera entrega de la saga de los Corleone, cuando Michael le miente a Kay sobre su participación en el ajuste de cuentas que lo entroniza como jefe de la familia. Dos westerns en el alma, sí mismo, aunque uno sea de gánsteres: el mentiroso que se queda a cargo, la mujer o los hijos que miran sin entender del todo. La conexión, además, tiene un condimento extra: el mismísimo Francis Ford Coppola fue uno de los directores que sonaron para hacerse cargo de Sin perdón antes de que el proyecto quedara en manos de Eastwood. Imaginate qué distinto habría sido todo con Coppola detrás de cámara, pero esa es harina de otro costal.
Por qué Eastwood la mandó a cortar
El corte, según Peoples, fue una decisión del propio Eastwood que el guionista respetó pero que obviamente le quedó dando vueltas. Le dijo, palabras más palabras menos, que la escena le parecía un golpe de más. La lectura que yo hago, humildemente, es que Eastwood quería que el espectador se quedara con la última imagen posible del Munny cineasta, la del personaje mirando a la nada, y no con un remate argumental que le explicara lo que ya se había entendido durante los ciento treinta y pico de minutos anteriores. Pero también me imagino que, para un actor-director de su edad y de su trayectoria, cerrar la película con un padre que le miente a un hijo era correr un riesgo emocional enorme: te puede quedar la nota humanísima o te puede quedar un final moralista, y Eastwood claramente prefirió no jugársela.
Lo más fascinante del asunto, y acá viene la perlita que a los que somos de guardar cada Blu-ray nos revuelve la sangre, es que esas imágenes nunca aparecieron en ninguna edición física. Ni como extra, ni como detrás de escena, ni como escena eliminada con comentario del director. Peoples reconoció abiertamente que no sabe dónde está el material hoy. Se filmó, se vio, se descartó y se archivó en algún rincón de Warner o de la Malpaso de Eastwood, sin tarjeta de invitación al living de los fans. Yo, si fuera Eastwood, antes de hacerme grande de verdad, sacaba esa escena a la luz. Pero bueno, esa decisión la tiene él, y el misterio, al menos por ahora, también.
¿Y entonces, cambia la lectura del personaje ese cierre alternativo? A mí, que me encanta discutir estas cosas con un café de por medio, me da la sensación de que las dos opciones son válidas y por eso Eastwood dudó tanto. El Munny que miente en la mesa familiar es más parecido al Michael Corleone original y le agrega una capa de cinismo hogareño que hoy, leído en clave de época, pega fuerte. Pero el Munny que se va en silencio, con esa última mirada que parece un disparo al aire, también tiene su poesía, y por algo la película ganó todo lo que ganó. Eastwood eligió confiar en la imagen final y no en la palabra. Yo, si me obligan a elegir, me quedo con su versión, aunque reconozco que me intriga muchísimo esa otra mesa familiar que nunca pudimos ver servida.
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