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SÁB, 05 SEPT 2026
Vida

Joshua Slocum, el lobo de mar que dio la vuelta al mundo en un balandro reconstruido y desapareció sin dejar rastro

Reconstruyó un pesquero podrido en un potrero de Massachusetts, navegó tres años sin cronómetro y sin saber nadar, y se convirtió en el primer solitario en circunnavegar el globo. Once años después zarpó hacia el sur y el océano no lo devolvió.

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Belén SosaAmbiente y comunidades · 4 DE SEPT DE 2026 · lectura 4 min

En un astillero improvisado entre pastizales de Massachusetts, Joshua Slocum fue sacando tabla por tabla un balandro de once metros que otros habían dado por muerto. El casco lo había rescatado de un abandono donde la madera se deshacía al contacto con la mano; trece meses después, esa misma estructura se convertía en la primera nave tripulada por un solo hombre en completar una vuelta al mundo. El Spray, como lo bautizó, no era una embarcación de regata ni una pieza de museo: era un viejo pesquero al que un capitán sin trabajo, en un mundo que ya apostaba al vapor, le devolvió la vida con oficio puro y sin más capital que el acumulado en décadas de navegación mercante.

Una circunnavegación de tres años y más de 46.000 millas

El 24 de abril de 1895, el balandro soltó amarras en el puerto de Boston con un único tripulante a bordo. No hubo fanfarria ni expedición oficial que respaldara la empresa. Lo que vino después fueron 46.000 millas náuticas repartidas a lo largo de tres años: la salida por el Atlántico, el cruce del Estrecho de Magallanes y el acecho del cabo de Hornos, la larga atravesía del Pacífico y la subida por el índico hasta el regreso a Newport, Rhode Island, el 27 de junio de 1898. Ningún navegante había cerrado ese círculo en soledad antes que él, y el dato no es menor: estamos hablando del primer periplo documentado de un ser humano en solitario, cuando la mayoría de las travesías oceánicas todavía dependían de la vela y la suerte.

Lo que distinguía a Slocum no era tanto el coraje como la precisión artesanal con la que resolvía cada problema. Navegó sin cronómetro marino digno de ese nombre: usaba un reloj barato de hojalata al que le faltaba el cristal y compensaba esa limitación con estimaciones de posición, observaciones lunares y una memoria corporal del mar construida desde los dieciséis años, cuando se enroló como cocinero y grumete para escapar de la granja familiar en Nova Scotia. Tampoco sabía nadar, y lo decía sin arrogancia: en medio del océano, argumentaba, nadar solo servía para alargar la agonía.

  • En el Estrecho de Magallanes, para disuadir a los fueguinos que intentaban abordar el Spray de noche, esparció tachuelas de alfombra sobre la cubierta; los intrusos subieron descalzos, pisaron las puntas y huyeron.
  • Cerca de las Azores, enfermo y delirante por alimentos en mal estado, creyó ver un piloto fantasma al timón; cuando se recuperó, el balandro seguía navegando con rumbo firme.
  • En sus dos primeros meses en el Atlántico debió convivir con una avería grave del timón que lo dejó a la deriva durante semanas, hasta que pudo repararlo con herramientas improvisadas a bordo.
  • Durante la traversée del Pacífico recaló en Samoa, Australia y el archipiélago de Java, donde el trato con comunidades locales fue tan importante como la cartografía para sostener la travesía.

De regreso en Newport, la fama le llegó rápido. En 1900 publicó Sailing Alone Around the World, un libro que había empezado como serie en revistas y que encontró lectores para su estilo seco, irónico y preciso: el de un hombre que mezclaba cálculo náutico con humor y asombro sin afectación heroica. El libro se convirtió en un clásico de la literatura de viajes y todavía hoy figura en cualquier biblioteca náutica que se precie.

La celebridad, sin embargo, no lo ancló. En noviembre de 1909, a los sesenta y cinco años, Slocum zarpó una vez más, esta vez con rumbo al sur, en busca de nuevas aguas y, según escribió a sus conocidos, con la intención de recorrer el río de la Plata y remontar hasta los afluentes del Paraná. Nunca volvió a ser visto. El Spray apareció sin su capitán en algún punto del Caribe; los peritajes posteriores no encontraron señales de lucha ni de naufragio violento, lo que abrió una cadena de hipótesis que todavía hoy divide a los investigadores: desde un ataque a bordo que el viejo lobo de mar no alcanzó a relatar, hasta una decisión voluntaria de desaparecer en el anonimato, pasando por las habituales tormentas del Atlántico norte que en esa época ya se cobraban vidas sin testigos.

“En medio del océano, nadar solo sirve para alargar la agonía.”Joshua Slocum

A más de un siglo de su desaparición, el expediente Slocum sigue abierto en los archivos de la comunidad náutica internacional. Lo que queda de su paso es el Spray, reconstruido y exhibido en un museo, y un libro que aún se reedita. Lo que se perdió, junto con su autor, fue la posibilidad de saber qué ocurrió en aquellas últimas millas entre el puerto de partida y el Caribe, en un tramo de mar donde, como él mismo reconoció sin aspavientos, no hay cronómetro, ni reloj de hojalata, ni técnica artesanal que pueda contra el océano cuando este decide no devolver a nadie. ¿Cuántos otros navegantes solitarios del cambio de siglo se habrán llevado consigo la respuesta a enigmas que nunca vamos a poder reconstruir?

BS
Belén SosaAmbiente y comunidades

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