La lección que el Lasso más maduro aprende a tiempo: la historia de Alice Chilton y el espejo de Nate Shelley
La cuarta temporada de Ted Lasso trae a una asistente del equipo femenino del Richmond cuya deriva recuerda al camino más oscuro de Nate, pero esta vez el entrenador parece decidido a no repetir los mismos errores.
Hay algo que mi abuela decía cada vez que alguien cercano empezaba a perder los modales: «mirá, nena, cuando el pibe se queja de todo es porque nadie lo mira». La frase me volvió a la cabeza mientras seguía la cuarta temporada de Ted Lasso, porque la serie pone en pantalla exactamente esa intuición de las abuelas de la colonia: el talento que se siente ignorado y empieza a morder. La nueva entrega recupera ese conflicto ya clásico del universo Richmond, el del asistente que se enquista contra su propio entrenador, y lo hace a través de un personaje que todavía no estaba en la cancha: Alice Chilton, la asistente del flamante equipo femenino del club, a quien la serie le recorta el camino antes de que el daño sea irreparable.
Un galpón inglés con cancha nueva y un vestuario con más dudas que certezas
Antes que la pelota, está la sala. Y acá la sala es doble: por un lado, el Richmond de toda la vida, con su cancha, su cantito, su pancarta de Believe; por el otro, un equipo femenino que todavía se está armando, con jugadoras que se prueban, una técnico que intenta ordenar el gallinero y una asistente, Chilton, a quien se le nota el diente afilado desde el primer entrenamiento. El personaje, al que da vida Tanya Reynolds, arranca la temporada como una especie de Roy Kent con título universitario: carácter fuerte, respuestas filosas y esa energía de «a mí no me vengas con abrazos». En los papeles, la promesa era la de una incorporación descollante. En la práctica, la serie va moviendo el foco hacia un terreno más conocido para los seguidores: el del talento que se empecina en discutirlo todo.
El quiebre se ve clarito a partir del quinto episodio. Chilton entra a un entrenamiento con la idea de que las jugadoras la reciben como una líder técnica, pero se topa con un detalle muy humano: a las chicas les interesa más la vida sentimental de Ted Lasso que los ejercicios que ella tenía preparados. Esa constatación, que en cualquier oficina del mundo provoca un «bueno, muchachas, hoy toca trabajar», en Chilton se transforma en irritación, después en enojo y finalmente en un estallido que ya empieza a recordar a alguien.
«Bitter Sweet Symphony», o el eco de Nate Shelley
El espejo está puesto con muy poca vergüenza. La serie no esconde que Chilton recorre el mismo camino que Nate Shelley (Nick Mohammed) en las primeras temporadas: arranca como alguien con talento reconocido, se suma al proyecto del Richmond como una pieza clave del cuerpo técnico y, poco a poco, empieza a sentir que el entrenador se lleva todos los laureles mientras ella queda en el banco. La frustración se le acumula, se le cruza con la sensación de no encajar en esa cultura de equipo donde Ted promueve el crecimiento colectivo, las preguntas tontas y los abrazos en el medio de la cancha, y de la noche a la mañana lo que era incomodidad se convierte en resentimiento. Es exactamente el mismo punto de partida de Nate, encargado del material devenido en entrenador asistente gracias a la confianza ciega de Lasso, que después vio cómo esa misma confianza se le volvía indiferencia y, de ahí, en arrogancia y crueldad con los que menos poder tenían.
Lo que cambia, y acá está lo interesante de esta temporada, es la respuesta de Ted. Donde antes Lasso dejaba hacer, miraba para otro lado y confiaba en que la bondad terminara arreglando todo, ahora se muestra a un entrenador que mira mejor, que lee las señales antes de que sea tarde y que decide suspender a Chilton durante un partido en cuanto entiende que su comportamiento está empezando a lastimar al grupo. La serie presenta esa decisión no como una traición al espíritu del personaje sino como una evolución: ayudar a las personas ya no significa bancarse que lastimen a otras. Es, si se quiere, un Ted que se hizo adulto sin dejar de ser el mismo tipo raro y entrañable que arma barriletes en el medio del entrenamiento.
La mochila de Chilton: Gemma, el equipo y una redención todavía abierta
- Chilton arrastra un antecedente pesado con Gemma (Abbie Hern), una jugadora que se alejó temporalmente del fútbol por las críticas muy duras de la asistente. Esa historia previa condiciona cómo el resto del equipo lee cada reacción suya y le achica el margen de error dentro del Richmond.
- El Richmond femenino todavía se está conociendo, y por eso cualquier conflicto interno pesa el doble: no hay años de convivencia que amortigüen los chispazos. La serie usa esa fragilidad para mostrar que un grupo nuevo es más vulnerable a una figura de autoridad que se desborda.
- La suspensión de Chilton abre el interrogante más jugoso de la temporada: ¿la serie va a regalarle una redención exprés a lo Roy Kent, un cierre doloroso como el de Nate o, directamente, un punto final sin réplicas? Todavía hay capítulos por delante para definirlo.
A mí, que vengo siguiendo a Ted Lasso desde el primer «Believe» colgado en el alambrado, lo que más me emociona de esta cuarta temporada no es la aparición de un personaje nuevo sino la confirmación de que el protagonista aprendió algo. Lasso ya no es el entrenador que prefiere quedar bien antes que quedar entero, y eso, aunque duela, es lo que lo vuelve más humano. Chilton puede terminar mejor, peor o en el medio, pero el espejo con Nate ya quedó expuesto y el recuerdo del aquel muchachito que se fue del Richmond con el corazón roto sigue dando vueltas por la cancha.
La temporada se puede seguir en Apple TV+. Los nuevos capítulos se estrenan los miércoles, cada siete días, y conviene maratonearla con algo rico para esperar el entretiempo, porque la serie entra mejor con una pizca en la mano. Para el costado argentino, un buen plan es empanadas de jamón y queso y un termos con mate mientras Ted les explica a las inglesas qué es un asado: queda como la sobremesa perfecta.
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