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MIÉ, 09 SEPT 2026
Vida

Por qué algunos despiertan con el sueño fresco y otros lo pierden antes de abrir los ojos

Un estudio internacional siguió durante quince días a más de doscientos adultos y que la clave está en cómo durmió esa noche, en la edad y en algo tan sencillo como prestarle atención a lo que uno sueña.

LH
Ludmila HudymaSociedad y vida · 8 DE SEPT DE 2026 · lectura 5 min

Son las siete de la mañana y la pava empieza a silbar en la cocina de Marta, en el barrio San Martín de Neuquén. Antes de pararse, abre los ojos y le cuenta al techo, como cada mañana, el sueño que tuvo: una rambla en Montevideo, un perro blanco y la sensación de estar corriendo sin moverse del lugar. Lo recuerda con una nitidez que a veces la asombra. Su vecina del fondo, Olga, también se levanta a la misma hora, pero no recuerda absolutamente nada de lo que soñó, ni una imagen, ni una emoción, ni siquiera si soñó. Le pasa así desde siempre. Acá en el sur, las dos comparten mate y mate cocido hace más de veinte años, y nunca terminaron de explicarse por qué a una le queda todo guardado y a la otra se le borra antes del primer café.

Lo que midió el estudio y a quién le puso el ojo

Una investigación publicada en la revista Communications Psychology se propuso terminar con esa discusión de mesa ratona. Durante quince días seguidos, siguieron a 217 adultos sanos de entre 18 y 70 años. Cada mañana, los participantes anotaban si recordaban haber soñado y con qué nivel de detalle. En paralelo, el equipo de investigadores reunió datos demográficos, psicológicos y del sueño mismo, a través de dispositivos de monitoreo y pruebas específicas que permitían distinguir las distintas fases del descanso.

El primer dato importante es que la diferencia entre Marta y Olga no es cuestión de suerte ni de magia: depende de rasgos individuales como la edad y la tendencia a la divagación mental, esa inclinación que tenemos algunos de dejar la mente suelta, encadenando pensamientos sin rumbo fijo en lugar de mantener el foco en lo que tenemos enfrente. Las personas más atentas a sus propios sueños y con mayor facilidad para ese tipo de pensamiento errático fueron las que más recuerdos oníricos reportaron al despertar. La edad también apareció como un factor relevante: a medida que pasan los años, cambia la capacidad de retener ese contenido frágil que tenemos al abrir los ojos.

La interferencia, ese enemigo que aparece con el ruido de la mañana

El estudio identificó además un segundo mecanismo, más silencioso y más cruel: la vulnerabilidad a la interferencia. Se trata de la facilidad con la que un recuerdo onírico es desplazado por estímulos que llegan apenas uno abre los ojos, como la luz que entra por la ventana, el ruido de un colectivo en la esquina, el celular vibrando sobre la mesa de luz o incluso el primer pensamiento consciente de la jornada. Si esos estímulos aparecen antes de que el contenido del sueño termine de consolidarse en la memoria, lo que soñamos se pierde de manera casi definitiva.

Nosotros, los que tenemos la suerte de recordar, solemos atribuirlo a una memoria prodigiosa o a una vida interior intensa. La investigación sugiere que en buena parte es algo más modesto: la forma en que está estructurada esa noche de sueño en particular. Los participantes que tuvieron episodios de descanso más largos, con menor proporción de sueño profundo, la llamada etapa N3 asociada a la recuperación física y cerebral, y mayor presencia de fases más livianas, fueron los que más recuerdos oníricos conservaron al despertar. Las etapas de sueño más superficial parecen ofrecer condiciones más favorables para que la experiencia nocturna quede registrada, algo que tiene sentido si uno piensa que es justamente en el sueño liviano donde el cerebro está más activo y más cerca de la vigilia.

Sueño blanco: cuando sabés que soñaste pero no podés decir qué

El equipo además separó con cuidado dos experiencias que muchas veces se mezclan. Una es recordar el contenido concreto: escenas, colores, acciones, emociones. La otra es lo que los especialistas llaman sueño blanco: despertar con la certeza de que algo ocurrió durante la noche, esa sensación inequívoca de que la cabeza estuvo activa, pero sin poder recuperar ningún detalle. Esa segunda experiencia fue más frecuente en ciertos grupos y sirvió para confirmar algo que parece obvio pero no lo es: soñar y recordar lo que se soñó no son la misma cosa. El cerebro puede haber generado toda una película nocturna y, aun así, no dejar ni una sola imagen disponible para el yo que se está despertando.

  • La actitud atenta hacia los propios sueños y la tendencia a la divagación mental fueron los rasgos individuales más asociados a un buen recuerdo onírico al despertar.
  • La edad modifica la capacidad de retener lo soñado, sin que el estudio marque un único sentido para todos los casos.
  • La vulnerabilidad a la interferencia, es decir, el impacto de la luz, el ruido o el primer pensamiento consciente, puede borrar el recuerdo antes de que se consolide.
  • Los episodios de sueño con menos fase profunda N3 y más fases livianas favorecieron el recuerdo de los sueños.
  • El llamado sueño blanco, esa sensación de haber soñado sin poder recuperar ningún detalle, es una experiencia distinta y más frecuente que el recuerdo onírico con contenido.

Volviendo a la cocina de Marta, en el barrio San Martín, lo que la investigación viene a decirle a ella y a Olga es que ninguna de las dos está inventando lo que le pasa. A Marta la ayuda una combinación de atención, divagación mental y, probablemente, noches con bastante sueño liviano. A Olga la perjudica justamente lo contrario: una mente más ordenada, menos dadas a la ensoñación, y la costumbre de abrir los ojos y saltar directo a la lista del día sin darle tiempo a la memoria de afirmar lo que soñó. Lo que cada una espera que pase a partir de ahora, según me confesaron tomando el segundo mate, es algo muy simple: que la noche les depare un sueño tan nítido como para poder contarlo a la mañana siguiente, y que el ruido del mundo no les llegue antes de que el recuerdo tenga tiempo de instalarse.

LH
Ludmila HudymaSociedad y vida

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